jueves, 29 de abril de 2010

Lord Guilford Dudley


-->La Torre de Londres

Nacido en torno a 1536 —algunas fuentes proponen 1534—, Guilford Dudley era el menor de los seis hijos del duque de Northumberland que sobrevivieron a la infancia, y hermano de Robert Dudley, quien después fuera favorito de la reina Isabel. Se trataba de un linaje que se remonta a una familia llamada Sutton, convertidos en barones de Dudley en el siglo XIV. El abuelo de Guilford, Edmund Dudley, fue consejero de Enrique VII, y ejecutado a la muerte del rey. Por su abuela paterna, Elizabeth Grey, Guilford descendía de dos héroes de la Guerra de los Cien Años: Richard Beauchamp, conde de Warwick, y John Talbot, conde de Shrewsbury.

Su padre se había convertido en Presidente del Consejo Privado del niño rey, Eduardo VI, por lo que era en realidad quien gobernaba en Inglaterra entre 1550 y 1553.

Al igual que su esposa, Guilford disfrutó de una esmerada educación humanista, pero era aún muy joven cuando en mayo de 1553 lo casaron con Lady Jane Grey unas seis semanas antes de la muerte del rey. El año anterior su padre había intentado casarlo con una prima de Jane, Margaret Clifford, aunque, a pesar de contar con el apoyo del monarca, el proyecto no salió adelante.


En Durham Place, la mansión del duque de Northumberland, se celebró una triple boda, porque además la hermana de Guilford, Catherine, se casaba con Henry Hastings, heredero del conde de Huntingdon, y la hermana de Jane, también llamada Catherine, se casaba con Lord Herbert, heredero del conde de Pembroke. Hubo un magnífico festival con justas, juegos y baile de máscaras.

El cronista Richard Grafton, que lo conocía personalmente, habla de él como de un buen caballero, virtuoso y gentil. Sin embargo, los biógrafos de Jane lo han descrito como un joven mimado y sin ningún interés por su esposa. Por la poca información que tenemos sobre él sabemos que ambos  cónyuges mantuvieron una fuerte discusión cuando Guilford se enteró de que Jane no tenía intención de coronarlo a él también como rey, sino que sería simplemente duque de Clarence. Guilford protestó y fue en busca de su madre, que naturalmente se puso de su parte y le prohibió volver a dormir con su esposa. También le ordenó abandonar la Torre y marcharse a su casa, pero Jane insistió en que permaneciera a su lado, y él accedió.

El 10 de julio, tras aceptar Jane finalmente la corona muy a su pesar, ambos esposos hicieron su entrada solemne bajo palio en la Torre de Londres. Guilford nos es descrito entonces como un joven alto y rubio, vestido de blanco y oro. El matrimonio pasó allí la breve época de su gobierno. Era él quien presidía los Consejos, mientras que Jane, como soberana, no asistía. Comían juntos, sentados bajo su palio, y todo el mundo hablaba del joven como el nuevo rey. De hecho es posible que Jane hubiera cedido poco después de aquella discusión, porque el duque de Northumberland llegó a anunciar la próxima coronación de ambos.


A pesar de aquella discusión en la que el esposo se negaba a ser postergado, del hecho de que ella tuvo que ser obligada en su momento a ese matrimonio y de la indiferencia inicial de él, contamos con indicios que nos permiten concluir que durante el breve periodo que estuvieron juntos las relaciones entre ambos cónyuges habían llegado a ser más que buenas. Jane llega a referirse a sí misma como “una esposa que ama a su marido”.

En la misma Torre permanecieron finalmente como prisioneros, aunque en apartamentos separados, cuando María Tudor fue proclamada y derrotó a sus partidarios. Robert Dudley, el hermano de Guilford, también fue enviado a la Torre, mientras que su padre era ejecutado. Antes de morir se le permitió a Northumberland despedirse de sus hijos, y cuando se encontró en presencia de Guilford perdió la compostura y estalló en lágrimas.

En noviembre de 1553 Guilford y Jane fueron juzgados en Guildhall y declarados culpables de alta traición. Él, en concreto, fue acusado de intentar deponer a María Tudor enviando tropas a Northumberland, y de proclamar a Jane como reina.


En diciembre a Jane se le permitió pasear por el jardín de la reina. Parece que ella y su esposo se veían de vez en cuando, porque en el libro de oraciones de Jane él escribió un mensaje para su suegro:

“Vuestro hijo obediente desea a vuestra gracia larga vida en este mundo, con tanta alegría y contento como deseo para mí mismo, y en la otra vida perpetua alegría. Vuestro humilde hijo hasta la muerte, G. Dudley”.

El día antes de la ejecución solicitó ver a su esposa por última vez, pero ella se negó porque “sólo aumentaría su dolor, era mejor aplazarlo… pues pronto volverían a encontrarse en otro lugar y vivirían unidos por lazos indisolubles”.


Hacia las 2 de la mañana del 12 de febrero de 1554 Guilford fue conducido a Tower Hill. Muchos caballeros esperaban para estrecharle la mano. Una vez allí se arrodilló, rezó, y pidió a la gente que rogara por él. Un solo golpe del hacha separó su cabeza de su tronco.

Jane, al ver cómo se llevaban su cuerpo decapitado, exclamó con desesperación:

—¡Oh, Guilford, Guilford!

Una hora más tarde se reunía con él en el sepulcro.

Lord Guilford Dudley sólo tenía entre 17 y 19 años. El cronista Grafton escribió 10 años después que “incluso aquellos que nunca lo habían visto antes de su ejecución, lloraron su muerte”.

En su celda se encontró grabado en el muro el nombre de Jane.
 Inscripción encontrada en la celda de Guilford

martes, 27 de abril de 2010

Lady Jane Grey


Eduardo VI sólo tenía 9 años cuando subió al trono. Era un niño frágil, algo sordo, de visión deficiente pero un intelecto muy desarrollado. Tenía más cerebro que muchos adultos de la corte, pero carecía de astucia para distinguir a los oportunistas de turno. Fue educado por una tropa de tíos, primos y amigos de la familia que se frotaban las manos ante las brillantes perspectivas que el niño abría para ellos. Su tío, Thomas Seymour, era ahora el esposo de Catalina Parr, la viuda de su padre el rey Enrique. Thomas se convirtió en Lord Seymour. Él y sus hermanos eran quienes tenían el control.

Eduardo fue coronado por el arzobispo Cranmer en la abadía de Westminster el 20 de febrero de 1547. Precoz y profundamente religioso, vivió una existencia solitaria y tranquila en la que los libros reemplazaron a los amigos de su edad. Una de sus pocas compañías fue Barnaby Fitzpatrick, el chico que se encargaba de azotarlo cuando no se portaba bien durante los estudios.

Su tío Lord Somerset viajó al norte para tratar el matrimonio de Eduardo con la reina de Escocia, pero mientras tanto su otro tío, Lord Seymour, trataba de contrariar estos planes empujando al rey a un matrimonio con la princesa Isabel, hija del rey de Francia. De todos modos, como aún no tenía 12 años, se decidió aplazar el momento del matrimonio.

Eduardo VI

Eduardo contrajo la viruela, enfermedad que lo dejó muy debilitado. Al recuperarse rezó infatigablemente por su tutor, que también había caído enfermo. Este logró sobrevivir, y el rey anunció, con la característica modestia de su padre, que el hombre había recobrado la salud gracias a sus plegarias.

En enero de 1553 Eduardo volvía a caer enfermo, y esta vez las oraciones no parecían surtir ningún efecto. Comenzó a circular el rumor de que estaba siendo envenenado lentamente. No hubo tal veneno; el rey se consumía por una sífilis congénita, herencia de su padre, y por la tuberculosis.

El tercero de sus tíos, Dudley, vio una magnífica oportunidad para colocar a su propia descendencia en el trono, ya que evidentemente Eduardo moriría sin dejar hijos. A tal fin casó a su hijo Lord Guilford Dudley con la pariente del rey, Lady Jane Grey, nieta de la hermana menor de Enrique VIII. Unas semanas más tarde, Dudley propuso a Lady Jane como heredera del trono.

Lord Guilford Dudley

Eduardo tenía dos hermanas, pero dejar el trono a cualquiera de las dos suponía muchos problemas: los católicos consideraban bastarda a Isabel, y los protestantes consideraban bastarda a María, así que el rey, cada vez más débil, firmó los documentos que su tío le presentó.

El 6 de julio de 1553 fallecía el rey, rezando una oración que él mismo había escrito. Su cuerpo fue embalsamado y conducido a la capilla de Enrique VII.

Lady Jane alcanzaba así el trono, pero, obviamente, la mayor parte del país no se iba a conformar con esta decisión, que apartaba a ambas hijas de Enrique VIII. Jane, que había estado prometida a otro hombre, no quería casarse con el hijo de Dudley, siendo incluso golpeada para obligarla a tal enlace.

De nada sirvió su resistencia, y se vio casada con Guilford. El matrimonio no pudo ser consumado la primera noche, porque el novio se sintió indispuesto tras el banquete, pero lo fue más tarde, a la vista de todos aquellos que, a punto de morir el rey, estaban tan interesados en que los recién casados llegaran a ser los nuevos reyes de Inglaterra. Después del acontecimiento, Jane se retiró al palacio de Chelsea con intención de reposar en su casa.

Lady Jane

No le fue permitido descansar, sin embargo. Ella desconocía aún los planes de Dudley, y no sabía por qué su familia política quería tenerla siempre a la vista. El estrés que esto le producía le provocó una enfermedad que a poco acaba también con su vida. Fue entonces cuando falleció Eduardo y su suegro la anunció como la sucesora.

Lady Jane sufrió un desvanecimiento.

Nadie había pedido su opinión tampoco en esto. Su familia estaba dispuesta a sacrificarla en el altar de sus ambiciones, así que poco después la trasladaban en una barcaza hasta los apartamentos de la Torre, según era costumbre, para preparar la ceremonia de la coronación.

El esposo de Jane acogía mejor que ella los proyectos de su padre, y se proclamó a sí mismo rey, pero ella dijo que aguardaría la decisión del Parlamento, por si acaso. Prudentes palabras, puesto que María Tudor había reunido un ejército para reclamar lo que le pertenecía por derecho. Poco después la gente aclamaba a María y la declaraba reina. El asunto estaba tomando un cariz muy peligroso para Jane.

Helena Bonham Carter y Cary Elwes en la película Lady Jane, 1986

Dudley no pudo impedir el avance de María. De pronto el padre de Jane, el duque de Suffolk, abandona a su propia hija a su suerte y decide que ciertamente María Tudor es la legítima reina. Para demostrarlo aguardó a las puertas de la Torre con intención de saludarla cuando hiciera su entrada en Londres.

Lo único que Jane sintió cuando su padre le dijo que ya no era reina fue alivio: Imaginó que entonces podría al fin llevar una vida tranquila, lejos de la corte y de las intrigas. ¡Qué equivocada estaba! Ahora venía el ajuste de cuentas.

María había perdonado a los padres de Jane, pero hizo ejecutar a Dudley. El 14 de noviembre Jane se declaraba culpable de la acusación de traición y era condenada a muerte. La reina se mostraba reacia a ejecutarla. Quiso salvarla, pero entonces Suffolk cometió el error de reclutar otro ejército y tomar  parte en el intento de Sir Thomas Wyatt por destronar a María. Ello se debió, en parte, a que la reina iba a casarse con España, pero sobre todo para volver a colocar a su hija en el trono. María le derrotó y ya no vio otra alternativa que ejecutar a Jane.

Ejecución de Lady Jane

En febrero de 1554 la reina Jane, nacida Lady Jane Grey, se preparaba para su propia ejecución y la de su esposo. Se negó a verlo en aquella última mañana, por temor a que la entrevista la privara del estado de gracia alcanzado tras sus devociones. Al caminar hacia el lugar de su ejecución vio el cuerpo decapitado de su marido.

La ejecución fue rápida y efectiva. Jane había reinado durante nueve días y sólo tenía 17 años en el momento de su muerte. Guilford y ella fueron enterrados en la iglesia de San Pedro, en el interior de la Torre de Londres.

Su padre fue igualmente ejecutado por traición durante ese mismo año. Su cabeza fue momificada y expuesta en la sacristía de una iglesia de Aldgate, en Londres.

lunes, 26 de abril de 2010

CLEOPATRA (II)



Fulvia, la esposa de Marco Antonio, mujer de armas tomar, reclamó el regreso de su marido ante el cariz que iba tomando la relación entre él y Cleopatra. Antonio, muy a disgusto, hubo de emprender el camino a Italia ante los requerimientos de Augusto. Llegado a Apulia se enteró de la muerte de su esposa. Desde allí se dirige a Roma, donde Augusto le propone casarse con su hermana Octavia. Marco Antonio trató de eludir el matrimonio diciendo que ya estaba casado con Cleopatra por el rito egipcio, y que como Octavia hacía sólo dos meses que había enviudado, la ley romana prohibía aquel enlace. Pero allí era Augusto quien decidía qué ritos valían o no, y qué leyes se aplicaban o dejaban de aplicarse.

Ya casado, viaja a Asia, y durante algún tiempo parece haber olvidado a Cleopatra, aunque finalmente sintió lo que algún cronista llamó “el caballo indómito y desbocado del deseo” y acabó regresando con ella. Sin repudiar a Octavia seguía viviendo con Cleopatra y, sin informar de sus actos a Roma, se comportaba en Egipto como un rey. Hasta que la guerra contra los partos volvió a interrumpir el reanudado idilio.

La reina llevaba a cabo mientras tanto reformas revolucionarias, económicas, comerciales y tributarias, entre ellas la supresión de algunos monopolios, la subasta de una parte del patrimonio real y la supresión de la inmunidad fiscal de los templos. Sabía que en problemas como esos radicaba el retraso y la miseria de Egipto.


Cleopatra envió a Marco Antonio barcos, soldados, armas, pertrechos y dinero para la guerra. Octavia, que le escribía a su esposo largas cartas desde Atenas, también le hacía llegar refuerzos y armas, pero ninguna ayuda le sirvió de mucho y se vio obligado a ordenar la retirada.

Después de un año entero en Alejandría, entregado a los placeres, reanudó la lucha con mejores resultados, apoderándose de Armenia y recuperando Siria y Palestina.

A su regreso a Egipto, emprendió la política que le llevaría a la perdición: otorgó a Cleopatra el título de Reina de Reyes, lo que sentó muy mal en el senado romano, y le entregó, junto con cuantas obras de arte había tomado en Asia, parte de la biblioteca de Pérgamo, famosa por el número y calidad de sus libros. Nombró corregente del reino a Cesarión, y en cuanto a los hijos que él mismo había tenido con ella —Alejandro Helio, Ptolomeo Filadelfo y Cleopatra Selene— les entregó las provincias que acababa de conquistar con las armas romanas. Finalmente repudió a Octavia. Cleopatra comenzaba a ver colmadas sus ambiciones.


Pero Octavio estaba muy irritado y fomentó la impopularidad de Antonio, hasta que se declaró la guerra y ambos amantes se vieron obligados a afrontarla. Antonio, que se sentía más seguro en tierra firme, quiso luchar así, pero acabó prevaleciendo el criterio de Cleopatra, que confiaba en la potente pero pesada flota egipcia.

La guerra se decidió en la batalla de Actium, en el Adriático, el 2 de septiembre del 31 a. C., y fue una estrepitosa derrota frente a Roma, agravada por la huida de Cleopatra. Marco Antonio la siguió, abandonando así a los que luchaban y morían por él.

Finalmente Octavio Augusto llevó la guerra a Egipto y volvió a vencer a su rival en los alrededores de Alejandría. En vano trató Cleopatra de negociar con el vencedor. Desesperado y abandonado por todos, Antonio se dio muerte con su propia espada, y Cleopatra, al saber que Octavio planeaba obligarla a desfilar en Roma como vencida entre el cortejo triunfal, se suicidó. Según algunos recurrió al veneno, y según otros se hizo morder por un áspid.


El vencedor ordenó que ambos fueran enterrados juntos, con los debidos honores. Según Suetonio, “Cesarión, que Cleopatra decía haber tenido de César, fue alcanzado mientras intentaba huir y entregado al suplicio. En cuanto a los hijos de Antonio y de la reina, los consideró como miembros de su familia, los educó y aseguró posición en proporción a su nacimiento”.

Egipto fue incorporado al Imperio, pero no como una provincia más. Octavio se hizo considerar como el heredero de los Lágidas, la dinastía de Cleopatra, y confió el gobierno a un lugarteniente suyo, que lo ejercía en su nombre.

domingo, 25 de abril de 2010

CLEOPATRA


Cleopatra Filopator nació en Alejandría hacia el 69 a. C. A la muerte de su padre en el 51 a. C., la corte, según la costumbre egipcia, la casó con su hermano mayor, Ptolomeo, de unos 10 años, y los coronó a ambos como reyes.

Como era de origen macedónico, Cleopatra no tenía la piel oscura. “Sobre nieve y jazmín, rubio cabello”, escribió un poeta latino. Se ha hablado mucho de su belleza, pero hoy sólo podemos percibirla vagamente en el anverso de una moneda y en una estatua rota.

Estudió diversas ciencias y llegó a dominar varios idiomas. Fue la primera de su dinastía que aprendió a hablar la lengua de sus súbditos. Dirigía con la misma seguridad un baile que una batalla, cantaba con refinado gusto y podía hablar tanto de religión y de magia como de astrología, siendo, además, muy diestra en los deportes. De ella decía Plutarco de Queronea que lo más notable de su persona era “el encanto irresistible de su conversación”.


Poco después de contraer matrimonio, Ptolomeo quiso reinar él solo. Llevado por su ambición y manejado por cortesanos y eunucos, en el 49 a. C. desterró a Cleopatra a Siria.

Egipto no tenía otra opción que la de estar a bien con Roma, y como los romanos mantenían continuas guerras civiles, el joven faraón se puso de parte de Pompeyo. No fue una buena apuesta, porque Pompeyo resultó derrotado en Farsalia. Ptolomeo, deseando congraciarse con el vencedor, fingió acoger cordialmente a su antiguo aliado, pero ordenó su muerte en la misma playa donde había desembarcado. Cuando tres días después Julio César desembarcó en Alejandría, Ptolomeo le presentó como regalo de bienvenida la cabeza y el anillo del general vencido, para que pudiera estar seguro de su muerte.

César quiso actuar de mediador en la contienda que el faraón sostenía con su hermana. Descontento, Ptolomeo levantó al pueblo contra el romano, que logró escapar y llegar a nado hasta sus naves. Poco después estallaba la guerra, y el ejército egipcio era destruido en Pelusium. El faraón moría ahogado durante su huida, al intentar cruzar el Nilo en una barca demasiado cargada de tesoros.


El vencedor envió a Cleopatra VII la armadura del vencido y la casó con su otro hermano Ptolomeo Filopator, todavía niño, con lo que ella quedaba como soberana absoluta.

Julio César permaneció 9 meses en Egipto, conviviendo con la reina, mientras hacía lo posible por romanizar el gobierno. Cleopatra dio a luz un hijo de César, que fue conocido como Cesarión.

La reina, que apenas lograba mantener su posición de poder en Egipto, hubo de trasladarse a Roma para vivir un dorado exilio, y allí coincidieron ambos, en un gran Desfile de la Victoria que los romanos llamaban triunfo. Cuarenta elefantes rodeaban la cuadriga del vencedor, y Cleopatra figuraba en la comitiva, sentada en un trono, sobre una gigantesca esfinge de la que tiraban tres mil esclavos.

César instaló a la madre y al hijo en una elegante villa, a orillas del Tíber. Aunque siguiera viviendo con su esposa, la visitaba, acompañado en ocasiones de sus más íntimos amigos.


El 15 de marzo del 44 a. C. César era asesinado. Cleopatra no podía quedarse en una ciudad que le era hostil; no contaba allí con grandes simpatías y el difunto se había excedido en sus atenciones, llegando incluso a erigirle una estatua en el templo de Venus. Fue entonces cuando la reina de Egipto adquirió todo su tamaño como figura política. Tras dar muerte a su nuevo esposo, asoció al trono a su hijo Cesarión.

Mientras tanto en Roma se formaba otro triunvirato formado por Marco Antonio, César Octavio Augusto y Marco Emilio Lépido. Después de la victoria sobre los asesinos de César, Marco Antonio marchó a Cilicia (Anatolia). Allí recibió órdenes de Augusto, que deseaba castigar a Egipto por haber ayudado a Bruto y Casio, dos de los asesinos. Cleopatra sería enviada a Roma, y esta vez no como invitada real.

Ella conocía a Marco Antonio desde hacía años, primero por haber estado él en Egipto, como jefe de la caballería del ejército de Aulo Gabinio, y luego como ocasional acompañante de César en la villa romana. La reina recurrió de nuevo a las mismas argucias que tan buen resultado le dieron con Julio César. Compareció ante Antonio en Cilicia para solicitar clemencia, a bordo de una gran galera real de popa dorada, movida por remos de palas de plata, velas de púrpura y un gran número de fornidos remeros que remaban al compás de los más variados instrumentos musicales. Ya en el puerto, invitó a Antonio a cenar en su nave, y así dio comienzo el romance.
CONTINUARÁ

sábado, 24 de abril de 2010

Regalo de Madame Grandolina


Hoy me he encontrado con la grata sorpresa en el blog A la luz de tu mirada de que Madame Grandolina me hacía este precioso regalo de mi firma personalizada con el dibujo de esta lindísima Tinker Bell.

¡Madame, muchísimas gracias, es usted exquisita! Ha sido un detalle encantador por su parte.

viernes, 23 de abril de 2010

El Carmen de Luna del Rey Sisebuto



“Tal vez tú, bajo la fronda de los bosques alumbras indolente cantos vagabundos, y entre el murmullo de las aguas y el susurro de la brisa sientes inundarse tu espíritu sereno con el néctar de las hijas de las Musas. Pero sobre nosotros se cierne, en cambio, la nube tormentosa de los negocios públicos y pesa la preocupación por nuestros millares de soldados cubiertos de hierro; nos ensordece el clamor de los leguleyos, el griterío de los tribunales, el estridente sonido de las trompetas.”

Son las primeras estrofas del Carmen de luna, poema escrito por el godo Sisebuto, el vigésimo tercer rey de Hispania, hace mil cuatrocientos años. Reinó nuestro Sisebuto desde su corte en la ciudad de Toledo entre los años 612 y 621 y fue llamado “mecenas de la época isidoriana”.
La bella obra es un poema escrito en latín en 61 hexámetros. En él explica un eclipse de luna con criterios científicos, atribuyendo el oscurecimiento del astro de la noche a la interposición de la Tierra, que impide a su satélite recibir la luz del Sol. El texto se basaba en los eclipses que, entre 611 y 612, se pudieron ver en la península Ibérica.

“Aunque agobiado por graves tareas y pesadamente oprimido en medio de tantas preocupaciones terrenas, diré por qué, agotado en su carrera circular, el disco de la Luna palidece y se pierde el brillante resplandor de su rostro de nieve.”


Según él, la Luna, que carece de luz propia, evoluciona en su órbita inviolable a través del éter, pero hay un determinado momento en la misma en que la Tierra le priva de los rayos del Sol al estar situada su enorme masa en medio.

Del texto se deducen varias cosas. Por una parte que sabía, al igual que Isidoro de Sevilla, que el tamaño del Sol era mucho mayor que el de la Tierra, y que el de la Luna era menor. También nos recuerda la enormidad de la distancia que nos separa del Astro Rey, lo cual es necesario para que la pirámide de la sombra terrestre se alargue hasta llegar a la Luna. Su creencia en una tierra esférica parece desprenderse de la lectura de su texto, ya que habla de “umbra rotae” (sombra redonda) y de “globus”.

Ésta podría ser una propuesta para hoy, día del libro, pero, sea cual sea su elección, disfruten mucho de la lectura.
¡Feliz día del libro a todos!

jueves, 22 de abril de 2010

La Piedra del Destino


 Réplica de la Piedra del Destino

La piedra de Scone se conoce también como Piedra del Destino o Piedra de la Coronación. Es un bloque de 66 centímetros de largo, por 28 de ancho y 41,60 de alto, y un peso de unos 152 kilos. Fue reverenciada durante siglos como reliquia, debido a la leyenda que dice que en tiempos bíblicos Jacob la usó como almohada durante un sueño profético. En él Yahvé le entregó la tierra donde se encontraba y le prometió una descendencia numerosa “como el polvo de la tierra”. Al despertar, Jacob bendijo la piedra y la colocó en un pedestal.

Supuestamente después habría servido de base a un arco en el templo de Jerusalén hasta la invasión de Nabuconodosor. Siempre según esta historia, Jeremías se llevó la piedra a Egipto, desde donde fue a parar primero a España y después a las Islas Británicas. Otra leyenda afirma que fue el propio Jacob quien la llevó a Egipto, y allí permaneció hasta los tiempos de Moisés. Éste dijo que la victoria seguiría siempre a la piedra, y para salvarla de las plagas la hizo sacar de allí por mar. De ese modo la reliquia acabó llegando a Irlanda.

La piedra se utilizaba para entronizar a los reyes de Irlanda. San Patricio, patrono y evangelizador de Irlanda, la bendijo, y afirmó que “donde estuviera la piedra, la raza de Erc reinará”. De allí tomó el nombre de la Piedra del Destino, y fueron los irlandeses quienes la llevaron consigo al asentarse en Escocia.


Otros opinan que se trataba del altar con el que viajaba San Columba durante su actividad misionera en suelo escocés. Sea como fuere, lo cierto es que la piedra se encontraba en la abadía de Scone, cerca de Perth, y se utilizaba para entronizar a los reyes escoceses. En 1292 Juan Baliol se convirtió en el último rey que fue coronado sobre esta piedra en Escocia.

Existen muchas más leyendas sobre ella. Se cuenta que Robert the Bruce le dio un trozo al rey de Munster en agradecimiento a su apoyo durante la batalla de Bannockburn en 1314, y que ese pedazo, instalado por el rey en el castillo de Blarney, se convirtió en la piedra de Blarney. Pero eso no puede ser cierto, porque cuando tuvo lugar esa batalla hacía 18 años que la piedra ya no estaba allí. Tan poderosa era su leyenda que Eduardo I de Inglaterra, tras derrotar a los escoceses de Wallace, se la había llevado consigo a su reino en 1296, creyendo que su posesión le propiciaría la obtención de la corona de Escocia. Dicen que en la piedra se había grabado la siguiente leyenda : Ni fallat fatum, Scoti quocumque locatum Invenient lapidiem, regnasse tenetur ibidem: “Si el destino es verdadero, luego los escoceses serán conocidos por haber sido reyes donde sus hombres encuentren esta piedra”. Pero lo cierto es que hoy día la única inscripción que se aprecia es una cruz latina.

En Inglaterra permaneció. Allí fue conducida a la abadía de Westminster y depositada bajo la silla de la coronación, conocida como la Silla del Rey Eduardo por ser él mismo quien la mandó construir en 1301.

En 1328, en virtud del Tratado de Northampton, que reconocía la independencia de Escocia, la piedra debería haber sido devuelta, pero los ingleses nunca cumplieron esa cláusula.

Silla de la Coronación

El 11 de junio de 1914 una mujer dejó colgado del respaldo de la silla de la coronación un bolso con explosivos. A las 5.50 de la tarde se produjo una explosión que se llevó parte del respaldo. Se culpó de este acto a las sufragistas, aunque ninguna persona en concreto fue acusada del delito.

Durante la Navidad de 1950 un grupo de estudiantes nacionalistas escoceses se llevó la piedra de la abadía. Cuatro meses más tarde fue encontrada en la abadía de Abroath y devuelta a Westminster, pero corrió el rumor de que lo que se había encontrado era una imitación, y que la verdadera piedra de Scone permanecía oculta en algún lugar. Sin embargo, esto nunca ha podido ser demostrado. Por otra parte, existe la misma duda respecto a si Eduardo I se llevó a Inglaterra la piedra auténtica. Según una teoría, los monjes de Scone ocultaron la verdadera en el río Tay o bien la enterraron en la colina de Dunsinane. Quienes apoyan esta versión se basan en que las antiguas descripciones de la piedra no se corresponden con la que podemos observar en la actualidad.

La Piedra del Destino salió de Westminster en 1966 y  cruzó Inglaterra en dirección a Escocia, hasta la ciudad fronteriza de Coldstream, donde se celebró una emotiva ceremonia. El 30 de noviembre de ese mismo año fue llevada con toda pompa por la Royal Mile de Edimburgo hasta su nuevo emplazamiento junto a las joyas de la corona escocesa en el castillo de Edimburgo, donde puede ser visitada.

Castillo de Edimburgo

Así pues, los escoceses han recuperado su piedra, pero no todos ellos están satisfechos con el modo en que se han hecho las cosas. Para algunos se trata de una simple maniobra política, especialmente porque la reina dice que la “presta” a sus súbditos escoceses, y la piedra de Scone puede ser reclamada para futuras coronaciones.

martes, 20 de abril de 2010

La Coronación de Isabel I


El 14 de enero de 1559, Isabel I, reina de Inglaterra desde hace dos meses, se dirige en procesión desde la Torre de Londres a Westminster, donde va a ser coronada.

Londres es entonces una gran ciudad con casi 150.000 habitantes, casas de madera, edificios estrechos de fachadas pintadas, iglesias y jardines que pertenecieron a los antiguos monasterios. En las calles se escuchan ruidos de martillo y sierras, se hacinan tenderetes de zapateros, mesas de carniceros y pescaderos, pupitres de amanuenses públicos y bancos de cambistas. Hay montones de basura por todas partes. No circulan carruajes, y quien no quiere ensuciarse va a caballo o en litera. Pero a pesar de la suciedad y de los muchos mendigos no se aprecia en la ciudad un ambiente de miseria. Son tiempos duros, porque las persecuciones religiosas han paralizado los negocios, la peste ha causado estragos y la guerra dificulta las exportaciones de lana, principal fortuna de Londres; pero los londinenses no han agotado todas las riquezas acumuladas. Las tiendas están bien provistas.

Por los estrechos pasadizos que descienden al Támesis se ven las barcas y chalanas que remontan el río. Dominándolo todo se erige la catedral de San Pablo. Y al este se encuentra la Torre, en la que la reina acaba de pasar dos noches. Al sur, en la orilla derecha del Támesis y unido a la izquierda por un puente cubierto de casas, se extiende el arrabal de Southwark, dominio de los hortelanos, mujeres públicas, actores y gente de mal vivir. Al oeste se halla el Temple, ahora lugar entregado a gentes de ley. Siguen a lo largo del río los barrios elegantes de la Fleet, el Strand y Charing, con algunas mansiones en estilo florentino.


Como las calles son tan estrechas y están mal conservadas, sólo por agua se atraviesa cómodamente. Isabel había descendido el Támesis en una barca hermosamente decorada, recorriendo así el trayecto desde su palacio de Whitehall hasta Westminster y la Torre de Londres, pero ahora quiere tomar contacto con sus súbditos y opta por hacer por tierra el trayecto inverso.

Durante el recorrido ve las casas recubiertas de tapicerías o telas de terciopelo y los improvisados arcos de triunfo. Flotan banderas en las almenas y oriflamas en lo alto de los mástiles erigidos por todas partes. Cae la nieve en menudos copos, pero el frío no disminuye el entusiasmo de los londinenses, ansiosos por aclamar a esa reina de 25 años, apenas conocida pero esperanza de todos. Las gentes arrojan a su paso guirnaldas y ramas de olivo.

En la Torre se baja el puente levadizo y el cortejo real entra por la puerta abovedada. Cabalgan en cabeza timbales y trompetas, seguidos por heraldos y reyes de armas. Siguen varios centenares de caballerizos y señores empenachados con monturas ricamente engualdrapadas. Los últimos en aparecer son los jefes de las grandes casas feudales, portadores de las regalías o insignias monárquicas para la coronación: la Corona de Alfredo el Grande, el cap of maintenance, el globo, el cetro con la cruz, el cetro con la paloma, la espada del Estado, la espada de la Justicia temporal, la espada de la justicia espiritual, la espada de la Misericordia, el anillo místico y las espuelas de oro. El duque de Norfolk cierra esa primera parte del cortejo con el bastón de mando.


Tras un espacio, y entre una doble fila de hombres de armas vestidos de raso carmesí, aparece la litera real, especie de plataforma cubierta de paño de oro y sostenida por cuatro mulas con gualdrapas de la misma tela. La plataforma tiene un dosel sobre el trono de la reina. A derecha e izquierda hay servidores con libreas escarlata, encargados de conducirla.

Isabel lleva un vestido de brocado de oro con mangas repletas de rellenos y abundantes perlas, topacios, jacintos y granates. Sonríe con sus labios delgados y sus ojos azules, muy separados. Quiere parecer graciosa, y su mano no para de saludar, esas manos blancas de las que se siente tan orgullosa. Por todas partes resuena el grito de “¡Dios salve a la reina!”. Ella se inclina a derecha e izquierda, dando las gracias y enviando besos.

Detrás va su caballo, con gualdrapa de tela de oro y conducido por la brida de manos de Robert Dudley. Sigue un cortejo de damas ataviadas con magnificencia y montadas en mulas. Detrás avanzan gentes de Iglesia, y por último un tropel de jinetes con armadura.


El cortejo se detiene de vez en cuando para escuchar los cumplidos en latín de los magistrados y para presenciar las escenas que los gremios representan para ella. En Gracechurch, por ejemplo, hay una alegoría que representa la Unión y la Concordia, y en Little Conduit el viejo Saturno, con una hoz en la espalda, lleva el árbol de la sabiduría a su hija la Verdad, la cual sostiene una Biblia que entrega a la reina. Isabel besa el libro y lo estrecha contra su pecho.

—Tened la certeza —responde al discurso del Lord Alcalde—que no omitiré nada de lo necesario para ser una buena reina y que, a fin de asegurar la tranquilidad de mi pueblo, estoy dispuesta a derramar mi sangre si es necesario.

Es de noche cuando, a la luz de las antorchas, se llega a Whitehall. A la mañana siguiente, muy temprano y ataviada como un ídolo, se dirige a la abadía para ser coronada.

El arzobispo de Canterbury ha muerto y aún no se ha designado sucesor. El de York se ha negado a oficiar la ceremonia, por ser la soberana abiertamente favorable a la Reforma. Finalmente es Oglethorpe, obispo de Carlisle, quien la preside. Empieza por presentar a Isabel los puntos cardinales, repitiendo en cada ocasión la fórmula consagrada:

—Señora, ésta es vuestra reina legítima. Vosotros, venidos aquí para rendirle homenaje, ¿consentís en hacerlo?

Silla de la coronación con la piedra de Scone

Tras estas palabras estallan los vivas mezclados con el redoble de tambores, el sonido de trompetas, órganos, campanas y el estrépito de las salvas de artillería en el exterior. Sigue el juramento, la unción y la coronación propiamente dicha. Isabel, con la corona en la cabeza y el globo y el cetro en las manos, es conducida hasta el trono de Eduardo el Confesor, en el que se encuentra engastada la piedra de Scone, la piedra del destino, arrancada a Escocia en 1296. La reina recibe el homenaje de los pares, que sucesivamente se arrodillan ante ella, le besan la mejilla izquierda y tocan con el dedo la corona que, por este acto, se comprometen a defender. Ella tiene para cada uno una palabra amable.

Entre cánticos, comulga con las dos especies, pero para satisfacción de los protestantes, en el momento de alzar se retira tras el altar por un momento. Algunas de las plegarias se recitan en inglés, por lo que los papistas ocultan mal su descontento.

Después el cortejo deja la abadía y llega al palacio de Westminster para celebrar el banquete tradicional. Se suceden los platos: lechas de carpa, peces cebados, venados, cisnes enteros, pavos reales con sus plumas y gigantescas empanadas de las que salen niños tocando la viola y el oboe; vinos de Francia, de España y de Chipre, hidromiel y cerveza amarga.


El paladín de la reina, a caballo y con armadura damasquinada, sale a desafiar a los adversarios de su señora y lanza un guante que nadie recoge. Hora tras hora Isabel se muestra inasequible a la fatiga y a la carga de su pesada corona. Ríe, se burla incluso de algunos aspectos de la ceremonia, logrando escandalizar al enviado del duque de Mantua: “Soy de la opinión de que esta mujer ha traspasado los límites que impone el decoro”, llegaría a decir.

Pero los ingleses no comparten esta opinión. Desde el primer momento la nueva reina les ha conquistado el corazón.



Bibliografía:
Isabel I de Inglaterra - Jacques Chastenet


domingo, 18 de abril de 2010

Eduardo III de Inglaterra

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Desde 1154 Inglaterra había sido gobernada por los Plantagenet, los reyes que según la leyenda descendían del diablo. Eran líderes enérgicos, guerreros, con unos característicos rasgos aquilinos, cabello rojizo y un temperamento feroz.

Eduardo III fue el típico rey Plantagenet: alto, orgulloso, majestuoso y atractivo, largos cabellos y barba y facciones como cinceladas. Nacido en 1312, sólo tenía 14 años cuando su padre, Eduardo II, fue depuesto y asesinado, y 18 cuando asumió personalmente el control del gobierno.

En 1328 se casó con Felipa de Hainault, quien le dio 13 hijos. Sus muy esporádicas infidelidades no afectaron a este feliz matrimonio que duró 40 años. Eduardo había heredado el mal genio Plantagenet, pero la reina ejercía una influencia moderadora sobre él. En un famoso incidente en 1347 Felipa logró interceder con éxito por las vidas de los prisioneros que el rey había hecho en Calais tras un largo asedio.

Este curioso retrato representa a la reina Victoria caracterizada como Felipa de Hainault, y al príncipe Alberto como Eduardo III, en un baile de disfraces que tuvo lugar en el palacio de Buckingham el 12 de mayo de 1842

Eduardo vivió con gran esplendor en residencias reales que él mismo agrandó y embelleció, y su corte fue un famoso centro de la caballería medieval. Reverenciaba especialmente a San Jorge, el santo patrón de Inglaterra, y se esforzó por promover su culto. En 1348 fundó la Orden de la Jarretera, dedicada al santo.

Deseaba, sobre todo, alcanzar la gloria mediante sus hazañas. En 1338, preocupado por las incursiones francesas en su ducado de Aquitania, en el que se centraba el próspero comercio inglés del vino, reclamó el trono de Francia, afirmando ser el verdadero heredero como descendiente de su madre, que era hermana del último rey Capeto. Sin embargo la Ley Sálica prohibía a las mujeres tanto reinar como transmitir derechos, y en Francia ya había sido coronado Felipe de Valois, primo de los Capeto.

Llegada a Inglaterra de Isabel de Francia, madre de Eduardo III

El conflicto desembocó en la guerra de los Cien Años, así llamada porque se prolongó intermitentemente durante más de un siglo. Bajo el liderazgo de Eduardo, los ingleses obtuvieron victorias importantes: Sluys en 1340, Crécy en 1346 y Poitiers en 1356. Sin embargo en 1360 se vio obligado a devolver parte de las tierras conquistadas en virtud del Tratado de Brétigny, que ponía fin a la primera fase de la guerra.

Su reinado vio muchos cambios. El Parlamento, ahora dividido entre los Lores y los Comunes, empezó a reunirse regularmente y a afirmar su autoridad mediante controles financieros. La función principal del Parlamento en esta época era votar los impuestos, y a este respecto no siempre colaboraba con la voluntad del rey. En 1345 los tribunales de justicia se instalaron permanentemente en Londres y ya no seguían al rey por toda Inglaterra. En 1352 se definió y tipificó la traición por primera vez, y en 1362 el francés fue reemplazado por el inglés como idioma oficial en los tribunales. El reinado de Eduardo también asistió al progreso de los comerciantes y a la expansión de la educación fuera del clero.

El rey fue mecenas de artistas y arquitectos. Fue el periodo de los primeros grandes nombres de la literatura inglesa: los poetas Richard Rolle, Chaucer, John Gower y William Langland. El poema épico de este último, Piers Plowman, denuncia la opresión sufrida por los pobres tras la peste, y los manejos de Alice Perrers, la codiciosa amante con la que el rey se mostró extraordinariamente generoso a la muerte de su esposa.

Imagen de un manuscrito de John Lydgate, que escribió El sitio de Tebas como continuación de los Cuentos de Cantebury de Chaucer

Eduardo falleció en 1377. El rostro de la efigie de madera que aún se conserva en la Abadía de Westminster es una máscara mortuoria, y refleja tan perfectamente su rostro que incluso puede verse la huella de la embolia que acabó con su vida en la comisura de la boca torcida hacia abajo.

Cinco de sus hijos fueron varones que llegaron a la edad adulta. Los casó con herederas inglesas y creó para ellos los primeros ducados ingleses. El mayor, Eduardo de Woodstock, Príncipe de Gales, fue conocido desde el siglo XVI como el Príncipe Negro. Sólo tenía 16 años cuando ganó sus espuelas de caballero en la batalla de Crécy, y por sus hazañas durante la siguiente década se ganó la reputación de ser el mejor caballero de la cristiandad. En sus últimos años, agriado por su mala salud, el Príncipe Negro empañó su fama ordenando la famosa masacre de inocentes en Limoges. Falleció un poco antes que su padre, en 1376, dejando un heredero: el niño de 9 años Ricardo de Burdeos, que fue quien sucedió a su abuelo como Ricardo II.

Por ironías del destino, Ricardo, sucesor del fértil Eduardo III no tuvo hijos, una de las circunstancias que indirectamente iban a conducir a la Guerra de las Dos Rosas medio siglo después de su reinado.

viernes, 16 de abril de 2010

Juan de Gante y la Casa de Lancaster

Juan de Gante

Juan de Gante era hijo de Eduardo III de Inglaterra. Se le conoce por ese nombre debido a que nació en Gante, Bélgica. Juan se convirtió en duque de Lancaster por su matrimonio con Blanca, heredera de la Casa de Lancaster, fundada en el siglo XIII por el segundo de los hijos de Enrique III. El ducado de Lancaster era una especie de Palatinado, es decir que era prácticamente un Estado independiente en el que el rey contaba muy poco.

Juan era un hombre alto, esbelto, de buen porte, y un príncipe inmensamente rico. Orgulloso y ambicioso, mantenía un séquito de unas 500 personas. Poseía tierras diseminadas por toda Inglaterra y por Francia, 30 castillos y numerosas mansiones. Su residencia favorita era su palacio londinense de Saboya, que rivalizaba con Westminster en magnificencia, pero se quemó durante la revuelta de los campesinos de 1381. También le agradaba especialmente el castillo de Kenilworth, en Warwickshire, un lugar muy amado por sus descendientes Lancaster. Ahora está en ruinas, pero queda la magnífica sala de banquetes con sus grandes ventanales.

Castillo de Kenilworth

Le encantaban las ceremonias y seguía las normas de la caballería como si fueran una segunda religión. Era un hombre culto que amaba los libros, fue mecenas de Chaucer y disfrutaba con las justas y torneos. Reservado y tranquilo, rara vez tomaba venganza por las afrentas que se le hacían. Se mostraba clemente y compasivo con los humildes, e incluso con los leprosos.

Aunque combatió en muchas campañas, nunca logró un éxito militar relevante, permaneciendo a la sombra de su padre y de su hermano mayor Eduardo, el Príncipe Negro. Debido a ello, nunca fue un héroe popular; no brilló ni gozó de las simpatías de la gente. Por el contrario, llegó a ser muy impopular durante los últimos años del reinado de su padre. El rey estaba enfermo y completamente en manos de su rapaz amante Alice Perrers, y las victorias inglesas en la Guerra de los Cien Años hacía tiempo que habían pasado. El gobierno, falto de liderazgo, iba de crisis en crisis. Juan de Gante, puesto que su hermano el Príncipe Negro también estaba ya muy enfermo por entonces, debía tomar las riendas, y sobre él recayeron las culpas de cada fracaso y de la pérdida de algunas conquistas en Francia.

Batalla de Crécy - Jean Froissard

Su hermano falleció poco antes que su padre, dejando un niño de 9 años llamado Ricardo, que era el destinado a suceder al rey. Pero hubo rumores de que Juan tenía intención de apoderarse del trono. Otros rumores decían que en realidad Juan no era hijo del rey, sino que había sido un bebé robado para reemplazar a la niña muerta que había dado a luz la reina. Ninguna de esas habladurías era cierta, desde luego, y cuando Ricardo II subió al trono, su tío mostró gran lealtad.

Durante la minoría del rey él fue el gobernante, con lo que se ganó muchos enemigos, especialmente entre el clero, que lo atacó por defender a John Wycliffe. Éste había desatado el furor por denunciar los abusos dentro de la Iglesia.

La consideración de Juan como político llegó a mejorar mucho, hasta el punto de que su más encarnizado enemigo, el cronista Thomas Walsingham, lo describe como hombre de gran mérito y lealtad. Pero muchos grandes señores seguían sospechando que Juan codiciaba el trono, aunque en realidad el único trono que ambicionaba era el de Castilla, que reclamaba a través de su segunda esposa Constanza, hija de Pedro I el Cruel. Pese a todos sus esfuerzos, nunca lo logró.

Juan de Gante y Constanza de Castilla

En cuanto a su primera esposa, Blanca, es descrita por Chaucer como hermosa, de cabello dorado, alta y de buena figura. Sabía leer y escribir, lo que era poco usual para una mujer de la época. Y es que no solía animarse a las mujeres a aprender, porque se pensaba que eso suponía proporcionarles el medio para escribir cartas de amor. La reputación de Blanca, pese a haber sido expuesta a tales peligros, no tenía tacha.

Le dio ocho hijos a su esposo, de los cuales sólo tres alcanzaron la edad adulta: Felipa, que se casó con el rey Juan I de Portugal, Isabel, casada con John Holland, Primer Duque de Exeter, y Enrique de Bolingbroke, el heredero de Juan de Gante. Blanca murió durante la epidemia de peste de 1369, y fue enterrada en la vieja catedral de San Pablo.

El segundo matrimonio de Juan, con Constanza de Castilla, se hizo por razones políticas. Tuvieron dos hijos: Juan, que murió durante la infancia, y Catalina, que se casó con Enrique III de Castilla. Constanza falleció en 1394.



La Rosa Roja de Lancaster

El 13 de enero de 1396 Juan de Gante contraía un tercer matrimonio en la catedral de Lincoln, esta vez por amor. La novia era la mujer que había sido su amante durante un cuarto de siglo. Tenía ahora 46 años y su nombre era Katherine Swynford, viuda de Sir Hugh Swynford, que había muerto en combate contra los franceses allá por 1372.

La dama había llamado la atención de Juan cuando su primera esposa la empleó como gobernanta de sus hijas. Froissart hace remontar el comienzo del romance al año anterior a la muerte de Blanca, pero no se hizo notorio hasta 1378, cuando comenzaron a convivir abiertamente. Gante tuvo 4 hijos con ella, todos apellidados Beaufort, como un señorío y un castillo que había poseído en la región francesa de Champaña, pero que perdió en 1369, antes de que nacieran sus hijos. Los Beaufort y sus descendientes iban a dominar la política inglesa durante el próximo siglo y aún más allá.

De Juan Beaufort, el mayor, descenderían los duques de Somerset y los Tudor. El segundo, Enrique, se educó en Alemania y en Oxford antes de entrar en religión. Llegaría a ser cardenal, y uno de los hombres más influyentes del reino. El tercero, Tomás, fue duque de Exeter y tuvo un destacado papel en las guerras contra Francia. La única hija, Juana, se casó con el poderoso Ralph Neville, Primer Conde de Westmorland.

Ricardo II

En 1388, en reconocimiento del gran amor que Juan sentía por su entonces amante, Ricardo II la nombró Dama de la Jarretera. Tras su matrimonio fue considerada la primera dama del reino hasta que Ricardo II se casó con Isabel de Francia. Pero su origen humilde y su escandaloso pasado la hacía objeto de los más despiadados cotilleos en la corte, y las grandes damas se negaban a acudir a cualquier lugar en el que ella estuviera presente. Katherine continuó comportándose con todo decoro y dignidad hasta que finalmente los silenció a todos.

Juan de Gante falleció el 3 de febrero de 1399 en su castillo de Leicester, contando 58 años. Recibió sepultura en la catedral de San Pablo.

Su hijo, Bolingbroke, llegaría a ser el primer rey de la Casa de Lancaster, y reinaría como Enrique IV.



Bibliografía: 
Lancaster and York – Alison Weir

jueves, 15 de abril de 2010

Tzü-Hsi: de concubina a emperatriz (II)


Jong-Lu, primo y amante de la emperatriz, fue elevado al rango de Gran Consejero. Títulos y honores llovieron sobre el hermano del emperador. Tzü-Hsi se dedicó a procurar el mantenimiento del absolutismo imperial. Miraba con profunda suspicacia las influencias extranjeras y las relaciones con los occidentales, considerando absurdos los proyectos de renovación. Sus emisarios recorrían el país soliviantando al pueblo contra los extranjeros, pese a los acertados consejos de su primo.

El 21 de junio de 1870 el cónsul de Francia y varias religiosas y sacerdotes franceses fueron brutalmente asesinados en Tientsin. A duras penas se evitó una guerra, y ello porque Napoleón III estaba ocupado en otra contra Prusia. Y en 1875 la muerte violenta de un diplomático inglés provocó gravísimas tensiones con Gran Bretaña. En ambos casos China se vio obligada a presentar excusas, ofreciendo las habituales reparaciones y concesiones de nuevos privilegios a los occidentales, lo que a su vez aumentaba el sentimiento xenófobo.

El 12 de enero de 1875 fallece su hijo. Ella, que se disponía a cederle el trono para estar más cerca de su amante, vuelve a encontrarse al frente del Imperio. Puesto que era indispensable un emperador, adoptó a su sobrino. Se trataba de un niño de cuatro años, hijo de su hermana, al que hizo proclamar con el nombre de Guang Xu, pero conservando ella la regencia y siempre asistida por su cuñado.


A medida que pasaban los años, el joven emperador mostraba interés por la civilización occidental, lo que producía en ella profundísimo horror. En 1889 el joven alcanzó la mayoría de edad. Trató de hacerse con las riendas del poder para proceder a una serie de modernizaciones con un amplio programa conocido como la Reforma de los Cien Días, consiguiendo notables resultados en poco tiempo.

No tardó en organizarse en torno suyo una conspiración en la que se trama desposeer a la emperatriz de su poder y asesinar a su amante. Nuevamente el eunuco denuncia el hecho, pero sólo encontró incredulidad. Sin embargo unos días después apareció Jong-Lu denunciando que habían intentado matarlo, y aconsejando a la emperatriz actuar con rapidez. Los conjurados fueron detenidos y pocos lograron salvar la vida. El emperador, encerrado en un ala de palacio, quedaba reducido a una figura decorativa.

Poco después se produjo la ruptura sentimental entre la emperatriz y su primo, que hubo de exiliarse. Aquel desengaño tuvo incalculables consecuencias en el carácter de Tzü Hsi. Se volvió más cruel, arbitraria e imperiosa que nunca, y se entregó a desenfrenos que no por secretos fueron menos intensos.

Para mantenerse en el poder no dudó en perseguir encarnizadamente a sus oponentes, haciéndose famosa por sus crueldades, siempre rodeada de un grupo de eunucos que hacían de consejeros y a los que entregaba al verdugo si los consejos no eran de su agrado o si se atrevían a criticarla.

55 días en Pekín

El Imperio chino parecía desmoronarse, y las naciones occidentales ganaban continuamente terreno: Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Rusia, Italia, España… casi todas las naciones europeas tenían ya en el mismo Pekín una representación en el llamado Barrio de las Legaciones, que lindaba con las murallas de la Ciudad Prohibida.

Estos y otros hechos avivaron la inquina que la emperatriz, a la que se apodaba el Viejo Buda, experimentaba hacia los extranjeros. La inmensa mayoría del pueblo chino, humillado, derrotado, siempre hambriento y cada vez más empobrecido por las continuas malas cosechas, los crecientes impuestos y la falta de salida que tenían sus productos, que en modo alguno podían competir con los extranjeros, también aumentó su odio hacia éstos, gracias a las actividades que desde hacía años venían desarrollando ciertas sociedades secretas. Una serie de atentados contra personas y bienes extranjeros, y contra chinos cristianizados, se extendía por todo el país. Los seguidores de estas sociedades secretas fueron llamados boxers por los británicos, y cada vez recibían apoyo más abierto de la corte de Pekín. El cuñado de la emperatriz había fallecido, siendo sustituido por el príncipe Tuan, fanático y xenófobo como ella misma.

El 20 de junio de 1900 se desató el furor de las multitudes, azuzadas por los boxers y las proclamas de Tuan, que había arrancado a la emperatriz un edicto demencial en el que se incitaba a “dar muerte a todos los extranjeros, a comer su carne y a dormir sobre sus pieles”. Los diplomáticos, sus familias, algunos soldados y chinos cristianos se fortificaron como pudieron en las embajadas, soportando un feroz asedio de 55 días en Pekín.

El último emperador

Finalmente fueron liberados por tropas occidentales, cuyo comportamiento igualó a los boxers. La emperatriz hubo de huir disfrazada de campesina, llevándose al inoperante emperador y tras arrojar a la favorita de éste a un pozo. Desde su refugio en Si-Gau-Fu hizo llamar a su primo para que regresase a Pekín y negociase con los vencedores. Él, como pudo, consiguió evitar el reparto del Imperio, y que le fuese permitido a la emperatriz regresar a la Ciudad Prohibida.

Poco después moría el leal Jong-Lu, y el emperador le seguía a la tumba el 14 de noviembre de 1908. Al día siguiente fallecía la emperatriz, quien poco antes, sintiéndose morir, hizo proclamar a un niño de 4 años, Xuan Tong, también conocido como Pu-Yi, el último emperador, nieto de su primo. Dicen que antes de morir, la emperatriz murmuró: “No permitáis nunca que una mujer asuma el poder supremo”.

martes, 13 de abril de 2010

Tzü-Hsi: de concubina a emperatriz


Los resultados de la derrota en la Guerra del Opio fueron agravados por los propios gobernantes chinos, debido a la equivocada política adoptada por la dinastía de origen manchú para contrarrestar las iniciativas occidentales. Orgullosamente anclados en su voluntad de no mantener contactos con los extranjeros, creían que para controlarles bastaría con alguna que otra concesión y con emplear alternativamente la sinceridad y el engaño.

Entre 1846 y 1847 se produjeron graves incidentes que exacerbaron la xenofobia del pueblo chino, ya muy extendida y difundida por sus autoridades. El nuevo emperador, el Hijo del Cielo, Xiang Feng, débil e incapaz, hizo cada vez más difíciles las relaciones con Occidente.

A mediados de siglo las masas campesinas de China meridional y central comenzaron a manifestar su descontento. Graves calamidades perturbaron la economía rural favoreciendo el bandidaje, mientras que el gobierno los abrumaba con nuevos impuestos que beneficiaban a los terratenientes. Éstos podían así anexionarse sus tierras. Las protestas y levantamientos no eran cosa nueva, como tampoco la proliferación de sociedades secretas. Pero esta vez el descontento se polarizó en torno a la secta llamada Sociedad de los Adoradores de Dios, fundada en 1843 por el maestro rural Hong Xiquan. Se desencadenó una guerra civil de tales proporciones que puso en serio peligro la existencia del Imperio y se prolongó hasta 1864, cuando el maestro falleció.


Ésta es la época de nuestro personaje. Su verdadero nombre era Yehenala (o Yehonala). Había nacido en 1835 en el seno de una familia acomodada, de antigua y noble estirpe manchú, en las inmediaciones de Pekín. Fue educada según las normas de la época, lo que significaba que su nivel cultural no debía de ser muy elevado.

Cuando contaba 17 años, su familia concertó la boda de Yehenala con su primo Jong-Lu. Eran tiempos en los que no se tenía en cuenta la opinión de las jóvenes. Sin embargo, ella no tenía motivos de queja: amaba a su primo, que era oficial de la Guardia Imperial y disponía de una pequeña pero lujosa mansión próxima a las murallas de la Ciudad Prohibida.

Poco el destino le tenía deparado algo diferente: antes de celebrarse el enlace, fue llevada con otras jóvenes al palacio imperial y presentada al nuevo y joven emperador, que deseaba elegir esposa y concubinas. Todas ellas debieron comparecer en la Sala del Trono del Dragón para se examinadas por Xiang Feng y su madre.

El Hijo del Cielo tomó por esposa a Hsiao-Chen, quedando Yehenala relegada a la situación de concubina de tercera clase.

La astuta Yehenala solicitó y obtuvo profesores, aprovechando de tal modo sus enseñanzas que no tardó en adquirir unos conocimientos muy superiores a los de cualquier concubina. En aquel inmenso palacio, el verdadero poder oculto estaba en manos de los eunucos. Yehenala no tardó en hacer amistad con uno de ellos, Li-Lien-Ying, convirtiéndolo en aliado fiel y valiosísimo amigo. El eunuco se propuso conseguir que el emperador, que ya se estaba cansando de su esposa, reparara en aquella extraordinaria belleza.


El emperador no tardó en llamarla a sus aposentos, y aquel encuentro no pudo ser más desagradable para ella: a los 21 años Xiang Feng estaba gravemente enfermo por sus excesos carnales y el abuso del opio. Pero aun así, Yehenala fue capaz de darle un varón en la primavera de 1856. Inmediatamente, con toda la solemnidad y en medio de fastuosos festejos, fue proclamado heredero.

Poco después ya era esposa del emperador y elevada a la dignidad de emperatriz de los Palacios de Occidente, mientras que su rival, que sólo había tenido una hija, quedaba relagada a serlo de los Palacios de Oriente. Fue entonces cuando cambió su nombre por el de Tzü Hsi.

A medida que el emperador se debilitaba, el poder de la nueva emperatriz aumentaba. No tardó en vérselas con asuntos de Estado, y “aprendió a odiar a quienes ella llamaba diablos extranjeros, sin tratar de averiguar qué parte de responsabilidad les correspondía a los chinos en la degradación de sus relaciones con Occidente. Para aquella tradicionalista el Hijo del Cielo no podía equivocarse y los males siempre procedían de los europeos”.

Las potencias occidentales, a las que se habían añadido los Estados Unidos, pretendían hacer del Celeste Imperio una especie de protectorado. En octubre de 1860 las tropas anglo-francesas entraban en Pekín, saqueando e incendiando el palacio de verano.


Aterrados, el emperador y su corte se refugiaron en Jehol, en una poco confortable fortaleza medieval azotada por el viento amarillo del desierto, al norte de la Gran Muralla, no lejos de la frontera con Mongolia Interior. De la capital llegaban pésimas noticias, y su esposo, cada día más débil, la responsabilizaba del desastre. Su posición se resentía día a día, y no faltaban quienes, agrupados en torno a Hsiao-Chen, deseaban despojarla de sus títulos.

Viéndose en peligro, pues el emperador se negaba a recibirla, hizo llamar a su primo Jong-Lu, al que casi no veía últimamente, y cuando lo veía era en presencia de sus damas, para evitar murmuraciones. Con su ayuda y con la del hermano menor del emperador consiguió desenmascarar a sus más feroces adversarios, neutralizando sus intrigas. Pero sólo gracias al eunuco logró que su esposo la designase como sucesora en agosto de 1861.

Regir los destinos de China hubiera correspondido a su hijo, de apenas 5 años, o mejor dicho al consejo de regencia. Pero mediante una conjura palaciega se desembaraza del consejo y de paso de los tres príncipes conspiradores que tramaban su muerte. El mayor culpable fue decapitado, y a los otros dos se les concedió la gracia de ahorcarse por sí mismos en privado. A continuación asumió todos los poderes, aunque teóricamente los compartiera con la emperatriz de los Palacios de Oriente.


CONTINUARÁ