domingo, 30 de mayo de 2010

El misterio de los Príncipes de la Torre (II)

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La fuente de la historia de Tomás Moro acusando directamente a Ricardo III de ordenar el asesinato de sus sobrinos fue, al parecer, la confesión del propio James Tyrell poco antes de ser ejecutado por Enrique VII con ocasión de otro delito. El problema es que no confesó en voz alta antes de morir. No lo hizo públicamente, como era norma establecida. Simplemente se declaró que había confesado el crimen al ser interrogados en la Torre. Pero ni Moro ni ningún otro cronista hablaron nunca con él ni escucharon la historia de sus labios.

Y hay algo extraño en todo esto: ¿Qué indujo al nuevo rey Enrique a suponer que Tyrell sabía algo del destino de los niños? ¿Por qué fue interrogado al respecto, si es que realmente lo fue?

Es probable que fuera debido a que Tyrell fue un funcionario íntimo de Ricardo. Pero me parece más probable aún que la iniciativa hubiera partido del propio condenado, que querría hacer un trato ventajoso a cambio de su confesión, pues se trataba de un hecho de vital importancia para el Tudor confirmar la muerte de los príncipes. O bien, simplemente, quiso aliviar su conciencia antes de morir.

En cuanto al hecho de que no se acusara a sí mismo públicamente en el patíbulo, también le veo fácil explicación: es que no era por ese crimen por el que había sido condenado, y por tanto no era ésa la culpa que procedía admitir en ese momento, según era costumbre.

Otra cuestión inquietante: si había confesado el crimen y también dónde habían sido enterrados los príncipes, ¿por qué Enrique no los desenterró a fin de obtener la prueba incontrovertible de lo que tanto ansiaba que creyese el mundo? Le venía bien mostrar los cadáveres para que dejasen de salir impostores afirmando ser el príncipe de la Torre, y para que nadie pensara que seguía habiendo otros con mejores derechos. Pero no aparecieron los cadáveres. ¿Por qué?

Ricardo III

Eduardo era un niño de 12 años cuando falleció su padre, pero tenía casi 15 cuando el Tudor se apoderó del trono. Si lo hubiera hecho asesinar Enrique, sería obvio que el cadáver no era ya el de un niño. ¿Sería por esto por lo que no le interesaba que aparecieran los cuerpos?

Sin embargo, en el relato de Moro también se dice que Ricardo no permitió que los cuerpos de los niños permanecieran en aquel vil rincón, y que un sacerdote los desenterró y los sepultó en un lugar donde jamás pudieran ser descubiertos. Aunque sabemos que esto no es cierto: en 1674 unos trabajadores encargados de quitar una escalera adosada a la White Tower, al remover los cimientos encontraron los esqueletos de dos niños metidos en un arca de madera. ¿Acaso no se trataba de los príncipes? ¿Tal vez Enrique los había buscado pero no pudo encontrarlos porque hubo alguna confusión?

En el momento del descubrimiento, dando por sentado que los huesos eran los de los príncipes, fueron colocados en una urna que se guardó como una reliquia en la abadía de Westminster. En julio de 1933 se abrió esa urna y los huesos fueron examinados por un eminente médico y un notable dentista. Ambos dedujeron que el esqueleto mayor correspondía a un niño de entre 12 y 13 años, y el menor a un niño de unos 10. Teniendo en cuenta que Eduardo nació en noviembre de 1470 y su hermano en agosto de 1473, la época en la que ambos príncipes hallaron la muerte corresponde aproximadamente a entre julio y septiembre de 1483, fecha en que corrió la voz de su posible asesinato y que convierte a Ricardo en culpable.

Las pruebas anatómicas respecto a la edad de los niños y a su muerte por asfixia, indicada por la equimosis de un cráneo, han sido calificadas de inconsistentes, pero, según autorizadas opiniones, las pruebas dentales no admiten, en ciertos aspectos, disputa.


¿Puede ser que, aun tratándose del verano de 1483 la fecha de su muerte, Ricardo no sea culpable? ¿O puede ser, como se ha llegado a decir, que los restos encontrados pudieran ser de unos niños cualquiera? Desaparecieron dos, encerrados en un lugar en el que se solía encerrar a adultos pero no a niños, y después de circular con insistencia el rumor de que habían sido asesinados. Ningún otro fue reclamado como desaparecido allí. Dos siglos después se encuentran precisamente dos cuerpos que corresponden a esas edades, dos cuerpos que, además, parece que fallecieron al mismo tiempo y que en vez de ser enterrados con normalidad habían sido escondidos y tapiados clandestinamente para que nadie diera con ellos. No es sostenible afirmar, por tanto, que esos niños podrían ser cualquiera.

Los indicios que tratan de aducir los defensores de Ricardo son escasos y de valor dudoso. Veamos cuáles son y si pueden ser rebatidos:

Existe un documento con fecha de 9 de marzo de 1485 según el cual se debían entregar dos jubones de seda, una chaqueta de seda, etc. al lord Bastardo. Si tal calificativo se refiriera al príncipe, eso significa que estaba vivo aún en esa fecha. Pero resulta que Ricardo tenía un hijo bastardo llamado John, que precisamente por esas fechas fue nombrado capitán de Calais. No era lord, aunque como indica el profesor A. R. Myers, es más que posible que recibiese igualmente la denominación de lord por ser hijo de rey. A fin de cuentas su caso era el mismo que el de sus primos de la Torre tras ser declarados bastardos, y por consiguiente los tres debían recibir el mismo tratamiento. Por otra parte, en el caso de los hijos de Eduardo había dos lores bastardos y no uno. Pienso que resulta inverosímil que la nota se refiriera a uno de ellos, porque con eso simplemente no se sabía a cuál de los dos hermanos se refería. Incluso el hecho de no haber mayor especificación podría indicar que para entonces ya sólo quedaba uno: el hijo de Ricardo. 


Continuará

viernes, 28 de mayo de 2010

El misterio de los Príncipes de la Torre


-->Bloody Tower

A la muerte del rey Eduardo IV de Inglaterra, el 9 de abril de 1483, le sucede en el trono su hijo, Eduardo V, de tan sólo doce años. Un codicilo del difunto rey disponía el nombramiento de su hermano Ricardo como Protector y presidente de un Consejo de Regencia.

Pero Ricardo, que ambicionaba el trono y no se conformaba con el poder que le había sido otorgado, declaró bastardos a los dos hijos de su hermano y se hizo coronar con el nombre de Ricardo III. Encerró a sus sobrinos en la Torre de Londres a fin de que no estorbaran sus planes. Desde entonces se conoce a ambos niños como los Príncipes de la Torre. Nadie volvería a saber de ellos.

Dos siglos más tarde, al hacer unas obras, los trabajadores descubrieron el cuerpo de dos niños.

Se trata de uno de los misterios más famosos en los anales de la historia de Inglaterra, y ha suscitado una polémica que ha durado siglos. Todo parece indicar, a priori, que Ricardo los asesinó. Es lógico suponerlo. Pero ¿fue así?

Ricardo II

Voy a reunir los elementos de los que disponemos:

Mancini, con fecha del 6 de julio de 1483 dice lo siguiente: “…Los servidores que habían atendido al rey [Eduardo V] no volvieron a tener acceso a éste. El monarca y su hermano fueron encerrados en las habitaciones interiores de la Torre y, día tras día, se los veía más raramente tras las rejas y ventanas, hasta que al fin cesaron de aparecer para siempre. Un doctor de Estrasburgo, el último de los servidores de cuyos servicios gozó el rey, declaró que el joven rey, al igual que una víctima dispuesta al sacrificio, impetraba el perdón de sus pecados por medio de una confesión diaria y penitencia, porque creía que la muerte le acechaba… He visto deshacerse en lágrimas y lamentaciones a muchos hombres cuando se aludía a él tras su desaparición de la vista de todos; cundía ya la sospecha de que habían acabado con él.”

No sorprende que hubiera rumores sobre el asesinato de los niños desde antes incluso de la coronación de Ricardo, por ser el sino habitual en los monarcas destituidos e incluso el de los hombres por cuyas venas corría sangre real. Eduardo II había sido asesinado, tal vez con un asador candente que le introdujeron por el ano. Ricardo II murió de hambre, o bien envenenado o acuchillado en su celda del castillo de Pontefract. Era inevitable, pues, que en el momento en que Ricardo ocupó el trono la gente expresara sus temores por la suerte de los príncipes.

La segunda continuación de la crónica de Croyland, compilada en la primavera de 1486, dice que poco después de la coronación de Ricardo los habitantes de los alrededores de Londres y de los condados del sur y sudoeste empezaron a conspirar para liberar a los príncipes. Luego “redactóse una proclama pública, según la cual, Henry, duque de Buckingham…, arrepentido de su anterior conducta, se erigía en promotor de la tentativa de insurrección, y al propio tiempo se propagó el rumor de que los hijos del rey Eduardo habían muerto violentamente, si bien se ignoraba cómo.”

Hay quien piensa que la propagación del rumor formaba parte de un plan preconcebido de los enemigos de Ricardo. Personalmente opino que para atajar tanta insurrección y garantizar su propia permanencia en el trono, lo mejor era zanjar de raíz el asunto en ese momento eliminando a sus sobrinos, de modo que no pudieran disputárselo nunca más. Pero esto, nuevamente, es sólo una suposición.


La Gran Crónica refiere que después de la Pascua de 1484 “circularon entre el pueblo numerosos rumores según los cuales el rey había dado muerte a los niños… Algunos decían que los príncipes fueron asesinados entre dos colchones de plumas; otros aseguraban que murieron ahogados en malvasía, y otros, en fin, que les fue administrada una poción venenosa”. Es decir, que dos décadas después del reinado de Ricardo seguían sin poder aducir más que rumores.

Pero resulta que después de sólo dos años de reinado, en 1485, un usurpador lo despojó y se sentó en el trono: Enrique VII, el primer Tudor. Enrique alcanzó la corona después de haber vencido en la batalla de Bosworth, en la que Shakespeare hace exclamar a Ricardo aquello de “mi reino por un caballo”. ¿Y si al entrar victorioso en Londres se hubiera encontrado con que los príncipes, con mejores derechos que él, aún vivían en la Torre? ¿Y si hubiera sido él quien decidió acabar con su vida?

Los Tudor, para justificar el modo en que habían llegado al trono, no vacilaron en verter toda clase de acusaciones contra Ricardo, al que retrataban como un monstruo del que habían librado al reino. No es que necesitaran esforzarse mucho, la verdad sea dicha: no hay gran cosa que añadir al hombre que fue capaz de declarar bastardos a sus propios sobrinitos y encerrarlos en prisión con tal de apoderarse de la Corona. Eso no lo inventó Shakespeare, ni los Tudor. Pero, sea como fuere, en esta época, lógicamente, se culpa más que nunca a Ricardo.
 Enrique VII

De hecho, Tomás Moro escribió un relato de lo más detallado sobre cómo se habrían producido las muertes de los niños:

Cuando Ricardo, en 1483, llegó a Gloucester, tomó la súbita determinación de matar a sus sobrinos para afianzar su posición, y para ello envió a un hombre de confianza a la Torre con una carta para el condestable, ordenándole matar a los niños. El condestable se negó, y cuando el rey recibió su respuesta dijo a “un secreto paje suyo”:

—¡Ah! ¿En quién podré confiar al fin?

El paje le sugirió a James Tyrell, un individuo muy ambicioso. Éste accedió, y Ricardo le entregó una nueva carta para el condestable pidiéndole que le confiase a Tyrell las llaves de la Torre durante una noche. Como asesinos, Tyrell eligió a uno de los 4 custodios de los príncipes y a su propio mozo de cuadra. A eso de medianoche, ambos se acercaron sigilosamente a los niños y envolviéndolos en las ropas de la cama los asfixiaron con el colchón y las almohadas. Luego Tyrell los mandó enterrar al pie de la escalera, a conveniente profundidad del suelo.

El rey le dio efusivas gracias y según algunos lo armó caballero de inmediato.


Continuará.

jueves, 27 de mayo de 2010

Macbeth el Usurpador


El rey Malcolm II de Escocia murió en 1034. Resultó mortalmente herido en una batalla cerca de Glamis y hubo de ser trasladado a un cercano pabellón de caza, donde fue asesinado poco después.

Malcolm II fue sucedido en el trono de Escocia por su nieto Duncan. El nuevo rey sólo ocupó el trono durante 6 años. Entre su familia y la de la esposa del general Macbeth había una larga y sangrienta enemistad. El abuelo de la mujer había muerto combatiendo contra Malcolm II. Por tanto, en la primitiva sociedad tribal que era Escocia por entonces, estaba justificado que Grouch (Lady Macbeth) intentase asesinar a Duncan. De este modo logró animar a su esposo a la rebelión, y en el año 1040 éste se levantó contra el rey y le dio muerte en batalla.

Tanto Duncan como Macbeth llevaban sangre leal por línea materna. Según los usos en la Escocia de la época el trono pertenecía a quien pudiera apoderarse de él, y éste resultó ser Macbeth. Gobernó de 1040 a 1057, y en general fue un rey capaz. Su sobrenombre era Rí Deircc, el Rey Rojo.

El hijo de Duncan, Malcolm, huyó a Inglaterra e hizo lo posible por encontrar aliados que lo ayudasen a recuperar el trono de su padre. Halló tal alianza en Siward, el conde de Northumbria, que aceptó prestarle su ayuda porque esperaba con ello obtener Lothian. Siward había llegado a ser conde un año después de que Macbeth se apoderara del trono, y por procedimientos parecidos: matando al conde anterior, que era tío de su esposa.


Siward derrotó en batalla a Macbeth en 1054, pero no de modo decisivo. Tres años después hubo otra batalla en la que falleció el rey, y entonces el hijo de Duncan subió al trono con el nombre de Malcolm III. Siward murió poco después sin haber logrado apoderarse de Lothian.

Shakespeare escribió esta historia embelleciéndola con leyendas posteriores y convirtiéndola en su gran tragedia sobre traiciones y crímenes. Fue representada por primera vez en 1606, cinco siglos y medio después de los sucesos que describe. Pero la realidad quedó totalmente deformada: Duncan se convirtió en un monarca benévolo, anciano y canoso, en vez del rey relativamente joven y sólo renombrado por su desidia e incompetencia. Macbeth aparece apuñalando a traición a Duncan mientras el rey es huésped en su castillo. De ese modo se añade un crimen aún mayor para una sociedad como aquella, y que era el de violar las leyes de la hospitalidad. En realidad Shakespeare tomó ese detalle de un relato sobre otro rey escocés anterior.

Macbeth es luego retratado como un cruel usurpador atormentado por su horrible crimen y acosado hasta la muerte por un grupo de enemigos virtuosos. Nada de esto es así, pero gracias a esta obra maravillosa surgida de la pluma del genial dramaturgo, el rey será siempre considerado como uno de los grandes villanos de la historia.

Entre los personajes de Shakespeare también aparecen Banquo y su hijo Fleance. Baquo se describe como un general amigo de Macbeth a quien éste asesina porque acaba recelando de él. Fleance escapa y se supone que fue el antepasado de los posteriores reyes de Escocia, que eran los mismos que en tiempos de Shakespeare gobernaban también Inglaterra. Indudablemente escribió la obra para agradar a Jacobo I, el rey escocés que subió al trono inglés en 1603. Sin embargo, no parece haber ninguna razón histórica para suponer que Banquo y Fleance existieran.

Macbeth viendo el espectro de Banquo

Acto V, Escena V


El mañana y el mañana y el mañana avanzan a pequeños pasos, de día en día, hasta la última sílaba del tiempo recordable; y todos nuestros ayeres han alumbrado a los locos el camino hacia el polvo de la muerte... ¡Extínguete, extínguete, fugaz antorcha!... ¡La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena, y después no se le oye más...; un cuento narrado por un idiota con gran aparato, y que nada significa! ...

Lady Macbeth

Bibliografía: 
La formación de Inglaterra – Isaac Asimov 
History of Scotland – Patrick Fraser Tytler

miércoles, 26 de mayo de 2010

¡Felicidades!



Porque yo nunca olvidaré Budapest. Porque a sus húngaros no les falta nunca ni violín ni mostacho. Por haberme presentado a Don Fernando López de Oña. Porque me debe la receta de las albóndigas acariciadas. Porque me ha hecho usted ver Teotihuacan con ojos nuevos. Porque sus adjetivos a veces terminan en –able, -uble e –ible, pero nunca en –eble u –oble. Por ser capaz de finalizar un texto con un melón y no morir en el intento. Porque sus personajes tienen el coraje de apellidarse Khaganovich (así, con H intercalada, mimando el detalle). Porque todavía lo doy a carcajadas con aquella expedición en busca de la tierra prometida. Por declarar que se puede amar locamente sin quitarse la ropa del siglo XIX. Porque le gusta Mary Poppins. Porque encuentra que las patillas gordas son motivo de controversia. Por inventarse a un diadoco. Por esconder ventiladores mecánicos en los castillos. Por descubrir que la Dama de Shalott se llamaba Prerrafaela…



A usted, punky extemporáneo, adalid de las letras despeinadas, monsieur Karpov, tovarich Tolya… ¡Feliz cumpleaños!



He tomado prestada la colorida ilustración que utilizó usted para el relato sobre Alberigo Spencer. Espero que no le importe la rapiña.

martes, 25 de mayo de 2010

Robespierre y Fouché

Joseph Fouché

Fragmento extraído de las Memorias de Fouché

Tocábamos al paroxismo de la revolución y del terror. Sólo se gobernaba a base de la hoja de acero que segaba cabezas. Sospecha y desconfianza roían los corazones; el espanto planeaba sobre todos. Los mismos que tenían en la mano el arma del terror estaban amenazados. Sólo un hombre en el seno de la convención parecía gozar de un poder inatacable: era Robespierre, el de Arrás, lleno de astucia y de orgullo; envidioso, lleno de odio, vengativo, insaciable de la sangre de sus colegas, y que por su actitud, su porte, sus ideas y la testarudez de su carácter, dominaba a veces las más adversas circunstancias. Con su preponderancia en el Comité de Salvación Pública aspiraba, no ya a la tiranía decenviral, sino al despotismo de Mario y Sila. Ambicionaba gobernar la revolución como amo absoluto; pero necesitaba aún 30 cabezas más en su haber de víctimas, y yo había adivinado que una de ellas era la mía. Sí, tuve el honor de figurar en la lista de los que se destinaban a la muerte. Estaba aún en misión en provincias cuando Robespierre me acusó de oprimir a los patriotas y proteger a los aristócratas. Llamado a París, me atreví a hacerle frente desde la tribuna y exigirle que documentase su acusación. Entonces me mandó expulsar del club de los jacobinos, cuyo sumo sacerdote era él mismo, lo que para mí equivalía a una sentencia de proscripción. No perdí el tiempo en más discusión, ni en proclamar mi inocencia, sino que pasé el aviso de lo que yo bien sabía a Legendre, Tallien, Dubois de Crancé, Daunou y Chénier:

—¡Estáis en la lista negra, y yo también, estoy seguro!

Maximiliano Robespierre

Tallien, Barras, Bourdon de l’Oise y Dubois de crancé dieron pruebas de cierta energía. Tallien luchaba por dos vidas, una de las cuales le era más cara que la suya propia [Teresa Cabarrús], y estaba decidido a clavar su puñal al tirano, en plena Convención. Pero aquello hubiese sido peligroso. La popularidad de Robespierre le hubiera sobrevivido y se nos habría inmolado sobre su tumba.

Aparté, pues, a Tallien de su propósito, empresa aislada que habría derribado al hombre, pero mantenido el sistema. Convencido de que hacían falta otros resortes, me dirigí a los mismos participantes de la tiranía, los que compartían el poder con Robespierre y tenían envidia o miedo de su inmensa popularidad. Revelé a Collot d’Herbois, a Carnot y a Billaud Varennes los propósitos del moderno Appio Claudio; les hice ver por separado un cuadro tan enérgico y verdadero del peligro de su posición respectiva, y los estimulé con tanta habilidad que fomenté en el interior de su ánimo más que desconfianza: valor para oponerse a las tiránicas consignas de aquel hombre, que estaba diezmando la Convención. Los impulsé a que le rehusaran los votos y le redujesen al aislamiento por la fuerza de su inercia. ¡Pero cuánto tacto, cuántas maniobras tuve que efectuar para no asustar al club de los jacobinos, para no enfurecer a los satélites fanáticos de Robespierre! Seguro de haber sembrado la buena semilla, me decidí a encararme con él de nuevo el 20 de pradial [8 de junio de 1794], en que, animado de la ridícula pretensión de actuar como sumo sacerdote en la proclamación solemne de la existencia del Ser Supremo, se atrevió a proclamarse su intermediario, en presencia de todo el pueblo reunido en las Tullerías. Mientras subía los escalones de la tribuna para exhibir su propio endiosamiento, le predije que su fin estaba cercano. Cinco días más tarde, en pleno Comité, pidió mi cabeza y la de ocho amigos míos, reservándose el hacer cortar después una veintena más.

Fouché

¡Cuán grandes fueron su asombro y su irritación cuando vio entre los miembros del Comité una oposición invencible a sus deseos sanguinarios y antidemocráticos!

—La asamblea ha sido ya demasiado mutilada —le contestaron—, y es ya hora de detener esa guadaña que acabaría con todos nosotros.

Viendo Robespierre que la mayoría de los votos se le escapaban de las manos, se retiró lleno de despecho y de ira, jurando no volver a poner los pies en el Comité mientras su voluntad no fuese allí reconocida. Entonces llama a su lado a Saint-Just, que estaba en el ejército; junta a Couthon bajo su bandera sangrienta, y adueñándose del tribunal revolucionario hace temblar aún a la Convención y a todos los demás que están dispuestos a rendir culto al miedo. Confiando en el club de los jacobinos, en el comandante de la Guardia Nacional, Henriot, y en todos los comités revolucionarios de la capital, se jacta de que con tantos partidarios no podrá menos que vencer. Manteniéndose así alejado del antro de donde emanaba el poder, pretendía ahora lanzar sobre sus adversarios la execración general, hacer que fuesen considerados como los únicos autores de tantos asesinatos, y abandonarlos a la venganza de un pueblo que comenzaba a murmurar de ver correr tanta sangre. Pero cobarde, desconfiado y tímido en el fondo, no supo actuar a tiempo, y dejó pasar cinco semanas preciosas entre esta disidencia clandestina y la crisis que en silencio se preparaba.

Robespierre

Yo no le perdía de vista, y viéndole reducido a capitanear una simple facción, presioné secretamente a sus adversarios, refugiados aún en el Comité, para que procurasen alejar de París las compañías de artilleros, enteramente devotas de Robespierre y de la Comuna; procuré también separar del servicio a Henriot. Obtuve la primera medida gracias a la colaboración de Carnot, que alegó la necesidad de reforzar la artillería en el ejército que luchaba en las fronteras. Pero la separación de Henriot fue un golpe fuerte y no tuve éxito, porque permaneció en servicio y estuvo a punto de estropearlo todo. Pero era un antiguo lacayo, borracho y estúpido, y, si bien se quedó, acabó por hundir su propia causa con sus torpezas el 9 de termidor [27 de julio].

Lo demás es demasiado conocido para que me detenga en ello. Es sabido cómo pereció “Maximiliano I”, a quien ciertos escritores quisieran comparar a los Gracos, pero que estaba falto de la elocuencia y elevación de aquellos. Así lo manifesté yo mismo, en la embriaguez de la victoria termidoriana, diciendo a los que le atribuían propósitos de dictadura:

—Le hacéis demasiado honor; Robespierre no tenía plan ni horizontes; lejos de disponer del porvenir, era éste quien le arrastraba. Obedecía a un impulso que no podía suspender ni dirigir.

lunes, 24 de mayo de 2010

El asesinato de Enrique IV (II)

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El Mercure Français menciona que los interrogatorios de Jacqueline, así como los del duque d’Epernon y la marquesa de Verneuil, fueron secretos. Al parecer, pues, se quiso silenciar el asunto. Finalmente el presidente, desalentado, dimitió, siendo convenientemente reemplazado por un amigo de la reina. Entonces el Parlamento publicó su veredicto: Epernon y la marquesa quedaban absueltos, mientras que la acusadora, mademoiselle d’Escoman, quedaba condenada a perpetuidad por calumnia.

Por aquella misma época el preboste de Pithiviers, buen servidor de la marquesa, fue arrestado por haber hablado de manera extraña sobre el asesinato del rey. Pero no pudo ser interrogado, porque se le halló ahorcado en su celda.

Todos estos hechos son tan peculiares que permiten sospechar que Ravaillac no fue más que un instrumento en manos de la bella marquesa, del duque d’Epernon, que aquel día había solicitado acompañar al rey en su carroza, y tal vez de María de Médicis, ya que ella hizo que cesaran todos los interrogatorios. Epernon, en su condición de coronel general de infantería, tomó el control de la capital tras el asesinato y aseguró la transmisión de la totalidad del poder a la Médicis, a pesar de que Enrique IV había dispuesto que fuera un consejo de regencia quien gobernara si él fallecía. El duque, católico convencido, había intercedido ante el rey para que autorizara el regreso de los Jesuitas. Situando a María de Médicis como única regente abría así el poder al sector católico próximo a España. En años posteriores iba a participar en la persecución y asesinato de hugonotes. Conocía además a Ravaillac y le había confiado muchas misiones en París.

El duque de Epernon

Al mes siguiente del asesinato del rey, Epernon hizo trasladar a la basílica de Saint-Denis los restos del anterior monarca, su amado amigo Enrique III, el último rey Valois, quien también fue asesinado. Su sucesor había “olvidado” hacer que fuera enterrado con los demás reyes de Francia. Tras el asesinato de su amigo, Épernon se había negado a reconocer a Enrique IV como rey, e incluso trató de proclamar un gobierno independiente en Provenza, aunque finalmente se vio obligado a someterse.

Circuló un rumor según el cual Ravaillac habría querido en realidad vengar a su hermana, seducida por Enrique IV, pero esto por sí mismo no justificaría cosas como la conveniencia de la fecha elegida, justo tras la oportuna coronación de la reina. ¿Se habrían unido las dos mujeres rivales para matar a quien las había engañado a ambas, utilizando como instrumento a un hombre del que sabían por el duque de Epernon que le guardaba rencor y deseaba vengarse? Saint-Simon nos dice:

“Se ha pretendido que María de Médicis, celosa e impulsada por aquel clan doméstico que suspiraba por la regencia, se unió con la cruel amante, una y otra muy españolas y gobernadas por quien se hallaba relacionado con España, siendo Enrique IV la víctima”.

Enrique IV ante el retrato de María de Médicis

La marquesa de Verneuil sabía que un nuevo amor la había suplantado en el corazón del rey: Charlotte de Montmorency. La pasión del rey por esta jovencita era tal que el esposo tuvo que huir con ella a Bruselas y colocarla bajo la protección de España para que el rey no pudiera alcanzarla. En su locura, Enrique estaba dispuesto a declarar la guerra a España con tal de apoderarse de ella. Se rumoreaba que pensaba incluso encontrar el modo de casarse con Charlotte, lo cual debía de causar gran inquietud en la reina y llenar de resentimiento a la marquesa viendo cómo otra podía conseguir tan fácilmente aquello en lo que ella había fracasado.

Hay un hecho que resulta también bastante llamativo: después de la muerte del rey, la marquesa preguntó a María de Médicis si podía volver al Louvre. La reina, que era muy celosa y tanto había odiado a la insufrible y arrogante Verneuil, le contestó por medio de un tercero:

—Siempre respetaré a todos aquellos a los que amó el rey, mi marido; puede reaparecer en la corte, donde será bien recibida.

Henriette d'Entragues, marquesa de Verneuil

Esto causó viva sorpresa. Por otra parte, resulta bastante extraña la calma de la reina al enterarse del asesinato del rey. Tras haberla visitado, el presidente del Parlamento pronunció esta frase terrible:

—No la he encontrado ni muy sorprendida ni muy afligida.

Pero de todos modos la marquesa no vivió mucho tiempo junto a la reina. Desapareció un día para llevar una oscura existencia en su casa de Verneuil, donde falleció olvidada de todos en 1633.

En cuanto a Charlotte de Montmorency, regresó a Francia con su marido un mes después de la muerte del rey. Los esposos tuvieron tres hijos: uno de ellos fue aquel al que la Historia habría de bautizar como el Gran Condé.

Charlotte-Marguerite de Montmorency, Princesa de Condé

Para todos aquellos que quieran conocer el asunto en más profundidad, tiren del hilo del duque de Epernon y vayan desenredando la madeja. Un personaje fascinante. Tal vez se encuentren ustedes también cosas “tan grandes y extrañas que jamás hubiesen creído poder verlas y oírlas en su vida”.

sábado, 22 de mayo de 2010

El asesinato de Enrique IV

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La ceremonia de coronación de la reina María de Médicis tuvo lugar en Saint-Denis el 13 de mayo de 1610. Cuando la reina salió de la basílica, su esposo, el rey Enrique IV, que estaba de buen humor, se asomó a una ventana y según cuenta Pierre de l’Estoile la regó con un vaso de agua. Iba a ser su última chiquillada.

Al día siguiente, al pasar por la calle de la Ferronnerie, un atasco obligó a la carroza real a detenerse. Bruscamente, un individuo saltó por la rueda posterior y hundió tres veces un cuchillo en el pecho de Enrique IV.

—¡Ah, me han herido! —exclamó el monarca.

Monsieur de Montbazon, que sorprendentemente no se había dado cuenta de nada a pesar de que estaba a su lado, inquirió:

—¿Qué os ocurre, Sire?

—Nada, no es nada —se esforzó el rey por contestar.

Entonces brotó de su boca un chorro de sangre y expiró.

María de Médicis

Mientras lo trasladaban precipitadamente al Louvre, sus guardias arrastraron al asesino al palacio de Gondi para proceder a un primer interrogatorio, pero no lograron hacerle hablar, teniendo que conformarse con su nombre: François Ravaillac. El asesino había cumplido muy bien su misión al aguardar a que la reina fuera coronada.

Al enterarse de la muerte del rey, el pueblo, que había acabado por amarlo, quedó aterrado. Los comerciantes cerraron sus tiendas y muchas personas lloraron. El día de los funerales todo París estaba en la calle. “La muchedumbre era tan densa que la gente se mataba para poder ver el cortejo”.

El 26 de mayo Ravaillac fue ejecutado ante un pueblo muy excitado. A pesar del suplicio jamás reveló ningún nombre, llegando a pensar los jueces que carecía de cómplices. Pero unos días después de su muerte, una mujer llamada Jacqueline le Voyer d’Escoman dejó en palacio un extraño manifiesto en el que acusaba a la marquesa de Verneuil, amante del rey, de haber participado en el asesinato:

Marquesa de Verneuil

“Aparte de las frecuentes visitas del rey, observé que recibía a otros personajes, en apariencia franceses, aunque no de corazón. En la Navidad de 1608 la marquesa empezó a seguir los sermones del padre Gontier, y un día, al entrar con su sirviente en la iglesia de Saint-Jean-en-Grève, se dirigió directamente a un banco donde estaba sentado el duque de Epernon; se acomodó a su lado y ambos estuvieron cuchicheando durante toda la ceremonia en voz baja y con palabras encubiertas”.

Arrodillada detrás, mademoiselle d’Escoman creyó entender que se trataba de una conjura contra la vida del rey.

“Tras unos cuantos días la marquesa de Verneuil me envió a Ravaillac, procedente de Marcoussis, con esta nota: “Mademoiselle d’Escoman, os envío este hombre por Étienne, ayuda de cámara de mi padre. Os lo recomiendo; cuidadle”. Recibí a Ravaillac fingiendo no saber quién era; le di de cenar y lo envié a acostarse fuera, a casa de un tal Larivière, confidente de mi señora. Un día, durante el desayuno, le pregunté a la marquesa qué interés tenía en él, y respondió que era a causa del cuidado que él tenía en los negocios del duque de Epernon… Sorprendida por estas rarezas, traté de entrar en la confianza de los cómplices para enterarme de más detalles”.

En aquel momento Jacqueline quiso revelar cuanto sabía, pero las personas a quienes se dirigió se negaron a creerla.

Enrique IV

Tras la muerte de Enrique IV fue en busca de la que había sido su primera esposa, la reina Margot.

—Sé quiénes han hecho matar al rey —le dijo—. Son, sobre todo, el duque de Epernon y la marquesa de Verneuil. Puedo afirmarlo en justicia.

Acabó por comparecer ante el Parlamento. Fueron citados el duque y la marquesa, cuyo interrogatorio duró cinco horas.

Según informa L’Estoile, “al día siguiente la reina regente envió al presidente un gentilhombre rogándole le comunicase su opinión sobre el proceso

“—le diréis a la reina —respondió aquel—, que Dios me ha reservado la gracia de vivir en este siglo para ver y oír cosas maravillosas, tan grandes y extrañas que jamás hubiese creído poder verlas y oírlas en mi vida.

“Y a uno de estos sus amigos y míos, que le dijo, refiriéndose a esta señorita, que acusando a todo el mundo, como hacía, incluso a los más grandes del reino, hablaba a tontas y a locas, sin pruebas, elevando los ojos al cielo y los brazos en alto exclamó:

“—Hay demasiadas pruebas, demasiadas… Dios quisiera que no tuviésemos tantas.


CONTINUARÁ.

jueves, 20 de mayo de 2010

Costumbres de los Persas



“Los persas son los hombres que más aceptan las costumbres extranjeras. Y, así, llevan el traje medo, por considerarlo más distinguido que el suyo propio, y para la guerra los petos egipcios. Además, cuando tienen noticia de cualquier tipo de placer, se entregan a él; por ejemplo, mantienen relaciones con muchachos, cosa que aprendieron de los griegos. Por otra parte, cada uno se casa con varias esposas legítimas y se procura, además, un número muy superior de concubinas. Entre ellos demuestra hombría de bien quien, además del valor en la guerra, puede demostrar muchos hijos; y al que puede mostrar más, el rey, todos los años, le envía regalos, pues consideran que el número hace la fuerza.

"Desde los 5 hasta los 20 años sólo enseñan a sus hijos tres cosas: a montar a caballo, a disparar el arco y a decir la verdad. Y hasta que un niño no tiene cinco años no comparece en presencia de su padre, sino que hace su vida con las mujeres. Esto se hace así con el fin de que, si muere durante su crianza, no cause a su padre pesar alguno. Apruebo, desde luego, esta costumbre, y apruebo también esta otra: por una sola falta ni el propio rey puede castigar a nadie con la muerte; y tampoco otra persona cualquiera puede, por una sola falta, infligir a ninguno de sus siervos la última pena; ahora bien, si tras considerar el caso llega a la conclusión de que los delitos del culpable son más numerosos y más importantes que sus servicios, entonces puede dar rienda suelta a su ira.



"Cuentan que hasta la fecha nadie ha matado a su padre o a su madre, y pretenden que, en cuantas ocasiones anteriores ha tenido lugar algo semejante, una investigación descubriría indefectiblemente que los autores eran ilegítimos o adulterinos, pues sostienen que es realmente inadmisible que un padre verdadero muera a manos de su propio hijo.

"Por otra parte, de todo aquello que la ley les impide hacer, de esos temas también les impide hablar. Asimismo consideran que mentir constituye la mayor deshonra y, en segundo lugar, contraer deudas; y ello por varias razones, pero principalmente porque dicen que es inevitable que el que tiene deudas diga también mentiras.

"Si un ciudadano tiene lepra o albarazo, no puede entrar en una ciudad ni relacionarse con los demás persas; y aseguran que padece esas enfermedades por haber incurrido en algún delito contra el sol. Por su parte, a todo extranjero afectado por esos males lo echan del país; y muchos expulsan también a las palomas blancas alegando el mismo motivo. 

 
Cacería persa

No orinan ni escupen en los ríos; tampoco se lavan las manos en ellos, ni permiten que lo hagan otros; al contrario, tienen por ellos una especial veneración.”

Heródoto

Los persas no erigían templos y estatuas a los dioses, porque creían que estos no tenían naturaleza humana, de modo que les parecía una tontería hacer esas cosas. Celebraban los sacrificios en un lugar considerado puro, pero sin utilizar altares. Un sacerdote o mago disponía los trozos de carne sacrificada y cantaba un himno que hablaba del origen de los dioses.

El día que más celebraban los persas era el de su propio cumpleaños. Para ello se organizaba un banquete a base de carne de buey, caballo, camello o asno asados al horno. "En sus comidas usan de pocos manjares de sustancia, pero sí de muchos postres, y no muy buenos. Por eso suelen decir los persas que los griegos se levantan de la mesa con hambre". Acompañaban las comidas con un exceso de vino, pero por embriagados que terminasen no estaba permitido orinar o vomitar en público. "Después de bien bebidos, suelen deliberar acerca de los negocios de mayor importancia. Lo que entonces resuelven, lo propone otra vez el amo de la casa en que deliberaron, un día después; y si lo acordado les parece bien en ayunas, lo ponen en ejecución, y si no, lo revocan. También suelen volver a examinar cuando han bebido bien aquello mismo sobre lo cual han deliberado en estado de sobriedad”.


Los persas se saludaban con un beso en la boca si pertenecían a la misma clase social y con uno en la mejilla si había una pequeña diferencia. Si ésta era grande, entonces el inferior hincaba la rodilla en tierra y besaba la mano del otro.

Los hombres de alto rango mantenían favoritos, como Bagoas, favorito de Darío III y que después fue eromenos de Alejandro. Contrariamente a la opinión de Herodoto de que habían adoptado de los griegos la costumbre de mantener relaciones con muchachos, Plutarco afirma que los persas usaben chicos eunucos para tal fin desde mucho antes de que hubiera un contacto entre ambas culturas.

No solían enterrar ni incinerar los cadáveres para no corromper la tierra ni el fuego. Se los dejaba para ser devorados por las alimañas y los buitres.

martes, 18 de mayo de 2010

Vida cotidiana en la antigua Grecia


Agora

Había gran contraste entre los suntuosos templos y las humildes casas de la población: las casas, sin chimeneas, se construían con materiales perecederos, pero los templos se erigían con piedras o losas de mármol que se superponían sin más, al no existir ni el mortero ni el cemento. Además no había canalización de aguas, y la basura se tiraba a la calle, pero desde la época clásica las casas contaban con cuartos de aseo y pequeñas bañeras de barro, piedra o ladrillos.

Los hogares ricos (muy pocos) se parecían a los palacios homéricos, y constaban de una entrada guardada por un portero, el departamento de hombres, cuyas salas daban a un patio rodeado de un pórtico, y el departamento de mujeres, que daba a un jardín.

Casa griega

El ágora o plaza del mercado era un centro de reunión. Allí se encontraban los edificios públicos, los templos y el Palacio de Justicia. Era un lugar de encuentro donde políticos y filósofos podían expresarse libremente. Otro lugar donde reunirse eran los baños públicos, de los que las mujeres estaban igualmente excluidas.

La mitad de la población eran esclavos. La vida de los que trabajaban en minas y canteras era francamente dura. No tanto, sin embargo, la de los esclavos dedicados a las tareas del hogar. Éstos recibían buena comida y podían llegar a recibir la emancipación.

Las mujeres no contaban con ningún privilegio. No podían participar en política y tenían escaso renombre en la vida social y artística. Tampoco competían en los juegos olímpicos. Estaban siempre bajo la tutela del padre o del marido y tenían terminantemente prohibido salir solas a la calle. Llevaban el pelo largo, a diferencia de las esclavas, y también contrariamente a ellas se maquillaban y utilizaban perfumes. Además se rasuraban el vello corporal y prestaban especial atención a sus uñas.


Se cuidaba especialmente la educación de los jóvenes. Estos recibían clases de lectura y escritura, música y canto, y aprendían poesías. El entrenamiento físico tenía gran importancia. Para los griegos la mayor perfección se encontraba en el cuerpo del adolescente y había que ejercitarlo hasta límites insospechados para conseguir aún más belleza.

El entrenamiento era polifacético, pero el deporte preferido era la competición quíntuple, similar al pentatlón actual. Constaba de lucha, carrera, lanzamiento de jabalina, salto de longitud y lanzamiento de disco. La ambición de los participantes en las olimpiadas —que se celebraron cada cuatro años entre el 776 a. C. y el 393 d. C.— era impresionante. Había una gran competencia entre todas las ciudades, también en las colonias. El esfuerzo era tanto que a veces los atletas dañaban su salud o llegaban a morir de agotamiento. Mientras duraban los juegos, la vida política se colapsaba y cesaban las batallas. La celebración permitía, además, que filósofos, políticos y literatos hicieran demostraciones de su arte.

El Discóbolo de Mirón

Los griegos solían reunirse en festejos en los que abundaba la comida y la bebida. Aprovechaban estos banquetes para intercambiar opiniones, pues eran muy amigos de la conversación. Las esposas no asistían a estos actos, pero sí las hetairas, mujeres que tañían la flauta, bailaban y atendían a los hombres. No se usaba tenedor, sino que se comía con los dedos. Hay cuchara para sopas y cuchillo para cortar la carne. En los banquetes se sentaban en banquetas, que por eso llevan ese nombre.

Hacían tres comidas al día. El desayuno consistía en pan de cebada mojado en vino, y podían añadirse higos o aceitunas. Después venía un almuerzo ligero, a mediodía o comienzo de la tarde, y por último la comida principal, que era la cena, generalmente a la caída de la noche.


Eran profundos amantes del teatro. La afición al drama fue causa de que se construyeran numerosos teatros en los que se representaban varias obras seguidas. El coro, compuesto únicamente por hombres, tenía mucha relevancia. Sus integrantes iban ataviados con máscaras y coturnos. En Grecia se daba mucha importancia a la palabra, por lo que eran aficionados a la oratoria y a la recitación. Las representaciones, siempre al aire libre, se hacían en teatros con gradas, lo que daba cierta comodidad al público.

En general, el pueblo griego era supersticioso en extremo. Los dioses eran primordiales, y estaban presentes en cada acto que realizaban. Los sacrificios consistían en la ofrenda de animales y productos agrícolas con los que se buscaba la protección del dios contra la desgracia y la enfermedad, y su perdón por las malas conductas. Por lo general no se hacían sacrificios humanos, salvo en casos de extrema necesidad. Se sabe que en el año 480 a. C. los atenienses sacrificaron a una persona para detener el avance de los persas. Estaba muy extendida la práctica de la adivinación, que se realizaba por medio de la interpretación del vuelo de las aves o de las vísceras de animales, pero también por medio de los oráculos, personas que tenían el poder de transmitir por su boca los pensamientos de los dioses.

Templo griego

El oráculo de Delfos fue de los más visitados, y a él acudían peregrinos de toda Grecia. El oráculo decía siempre la verdad, y si después sucedía justamente lo contrario era porque los hombres no habían sabido interpretar las palabras de la divinidad.

Regalo y Meme si yo fuera


Mi buena amiga la escritora Gabriela Maiorano me ha hecho hoy este regalo. Madame Gabriela es una mujer a la que aprecio y admiro mucho, por su honestidad, sencillez, dulzura, coraje ante la adversidad y tantas otras cualidades dignas de estima. Por todo ello no sólo se hace admirar, sino también querer, y a mí me enorgullece poder contarme entre los suyos.

Muchísimas gracias, madame. Sabe que me da una gran alegría que se acuerde de mí.


Pero como resulta que hoy ha sido un día bien repletito, nuestra madame Gema , de Historia de Reinas, me ha invitado a participar en un juego, y aquí está mi parte:


Si yo no tuviera mi nombre ... me gustaría llamarme Marie de Rabutin-Chantal, por ejemplo
Si yo fuera hombre ... sería una mezcla entre Armand de Sillègue y Molière
Si yo fuera mujer... Ya lo soy, no hay caso.
Si yo pudiese elegir no ser alguien.. no sería la mayoría de la gente
Si yo fuera un animal ... sería un delfin
Si yo fuera una mascota ... sería un caballo
Si yo fuera un insecto ... sería la abeja Maya
Si yo fuera un arbol ... sería un magnolio en flor
Si yo fuera una flor ... sería un tulipán
Si yo fuera un sentido ... sería la vista
Si yo fuera un sabor ... sería el salado (me gusta el dulce, pero no pega con mi carácter)
Si yo fuera una temperatura ... 25ºC
Si yo fuera un elemento ... según mi horóscopo sería el fuego
Si yo fuera una parte del cuerpo ... sería los ojos
Si yo fuera un adjetivo ... sería escurridiza
Si yo fuera una comida ... sería oeufs en cocotte à l’estragon
Si yo fuera una galleta ... sería una galletita danesa
Si yo fuera una bebida ... sería un Chardonnay
Si yo fuera una fruta ... sería un higo
Si yo fuera un postre ... sería una tarta de queso con arándanos
Si yo fuera una golosina ... sería una trufa de chocolate rellena de leche condensada
Si yo fuera un olor ... sería el del jazmín
Si yo fuera un sonido ... sería el de las campanas de St Mary Abbots
Si yo fuera un color ... sería el rojo
Si yo fuera un trabajo ... sería actriz de teatro
Si yo fuera un vicio ... eso no se confiesa
Si yo fuera una Religión ... Organizaría unas procesiones vistosísimas y encargaría a Jean-Paul Gaultier el diseño de las túnicas para las sacerdotisas, con motivos celtas.
Si yo fuera un electrodoméstico ... sería muy poco emocionante, por ejemplo un televisor
Si yo fuera un objeto del baño ... sería un aguamanil con jofaina del siglo XIX en porcelana de Sèvres
Si yo fuera un libro ... sería Los Tres Mosqueteros
Si yo fuera un escritor ... sería Alexandre Dumas
Si yo fuera una película ... sería Lo que el viento se llevó
Si yo fuera un director de cine ... sería Alfred Hitchcock
Si yo fuera un actor ... sería Steve McQueen
Si yo fuera una actriz ... sería Katharine Hepburn
Si yo fuera una serie de televisión ... sería Pride and Prejudice
Si yo fuera un personaje de cine/tv ... sería Holly Golightly
Si yo fuera una canción ... sería Venus in Furs
Si yo fuera un grupo/banda ... sería The Velvet Underground
Si yo fuera un cantante ... sería el Boss
Si yo fuera un disco ... sería The Velvet Underground and Nico
Si yo fuera un instrumento musical ... sería el violín de Vivaldi
Si yo fuera un cuadro ... sería El beso de Klimt
Si yo fuera una escultura ... sería El beso de Rodin
Si yo fuera una prenda ... sería un sombrero
Si yo fuera un regalo ... sería un fin de semana en Capri
Si yo fuera un juego de mesa ... sería una baraja de poker a bordo de un paquebote del Mississippi
Si yo fuera un mueble ... sería un tocador estilo Luis XV
Si yo fuera un perfume ... sería una mezcla de mandarina, flores de champaca, hiedra, orquídeas Africanas, rosas, violetas, ciruela de Damasco, madera de amaranto, zarzamora y una pizquita de almizcle. Es decir, el mío.
Si yo fuera un coche ... sería un Bugatti Royale
Si yo fuera una estación del año ... sería Verano
Si yo fuera una fecha ... sería el 24 de marzo
Si yo fuera una hora del día ... sería medianoche
Si yo fuera un mes ... sería Julio
Si yo fuera un día de la semana ... sería viernes
Si yo fuera un momento del día ... sería el del break para el cafetito
Si yo fuera un lugar ... sería Fontainebleau
Si yo fuera una ciudad ... sería París
Si yo fuera un planeta ... sería la Tierra
Si yo fuera un continente ... sería Europa
Si yo fuera un mar ... sería el Adriático, o tal vez el Egeo
Si yo fuera un deporte ... sería la esgrima
Si yo fuera un número ... sería el 7
Si yo fuera una sensación ... sería la de bajar una montaña rusa gritando “Geronimo”
Si yo fuera un estado de ánimo ... sería la alegría
Si yo fuera un pecado ... no lo confesaría
Si yo fuera un defecto ... sería la inconstancia
Si yo fuera un dolor ... sería un dolor de cabeza, por desgracia
Si yo fuera una edad... sería la Edad Moderna
Si yo fuera una palabra ... sería Burlesque



Y ahora yo propongo a mi vez a:

Madame Gabriela Maiorano

Monsieur Perikiyo

Madame Carzum

Monsieur Luther

Monsieur Manuel

Monsieur Cayetano


Y a todos los que quieran apuntarse. Hala, all together!

lunes, 17 de mayo de 2010

Cartimandua, Reina de los Brigantes


Cuando los romanos llevaron a cabo la conquista de Britania se encontraron con una serie de tribus llamadas brigantes en su conjunto. En el siglo I una de esas tribus era liderada por una reina, Cartimandua. El historiador romano Tácito escribió sobre ella que era de noble linaje, "floreciente en todo el esplendor de riqueza y poder”, y que gobernaba en virtud de su ilustre nacimiento. Se consideraba descendiente de la diosa tutelar Brigantia, que representaba la soberanía. Uno de los símbolos de Brigantia era un caballo, y de ahí el nombre de la reina, cuyo significado era “pony elegante”.

Cartimandua decidió convertirse en aliada de Roma y retuvo su poder como tributaria del Imperio, pero en el año 48 una tribu del suroeste de su reino amenazaba la paz con Roma al atacar a los ejércitos que se dirigían hacia el territorio que hoy es Gales. Los romanos derrotaron a las fuerzas rebeldes, lideradas por Caractaco, y éste acudió a la reina en busca de protección. La reina lo recibió y aceptó la suma que él y sus aliados habían reunido, pero luego decidió hacer honor al tratado que tenía con los romanos y traicionó a Caractaco, entregándolo encadenado con toda su familia. El emperador Claudio lo indultó después por su noble actitud, y el celta rebelde pudo terminar sus días gozando de gran estima en una de las provincias romanas, en tierras cedidas por el Estado.

La traición de Cartimandua fortaleció su poder al ser entonces declarada junto con su esposo como leal amiga y protegida de Roma.


La reina se había casado con Venutius, famoso como valiente guerrero. Al cabo de unos años hubo un grave desacuerdo dentro del matrimonio. Según Tácito, muchos de sus súbditos se negaban a apoyarla, porque no querían someterse al gobierno de una mujer. Sin embargo, es más probable que se desencadenara una lucha por el poder entre ambos esposos, que durante tiempo podrían haber mantenido importantes diferencias de criterio: Venutius odiaba el nombre de Roma. 

A pesar de que ella retenía como rehenes a un hermano suyo y otros parientes, el guerrero reunió un ejército entre otras tribus fuera de los brigantes. La reina pidió al gobernador romano que le enviara tropas, y éstas se encargaron de pacificar el territorio. En presencia de la legión, Cartimandua y su esposo se reconciliaron.

Pero los problemas conyugales iban a traer de nuevo a las legiones a su territorio, porque finalmente la reina se divorció de Venutius para conceder sus favores a Vellocatus, uno de sus guerreros y antiguo escudero de Venutius. Su esposo había levantado un ejército y contaba además con el apoyo popular, encontrándolo sus súbditos preferible al “adúltero, lujurioso y salvaje temperamento de la reina”. Parece ser que el repudio del esposo por parte de Cartimandua, en efecto, fue un escándalo, y que los sentimientos de la tribu se decantaban de parte de él. “Venutius, recibiendo ayuda del exterior y asistido al mismo tiempo por una revuelta entre los propios brigantes, puso a Cartimandua en una situación sumamente peligrosa”.


Cartimandua volvió a llamar a sus aliados en su ayuda, pero esta vez tuvieron menos éxito. Tácito dice que los romanos sufrieron varias pérdidas a manos de Venutius y que no lograron restablecer a la reina en su trono. Tuvieron que conformarse con sacarlos a ella y a su nuevo esposo sanos y salvos de su territorio dejando al antiguo marido como rey de los brigantes. Cartimandua desaparece entonces de las crónicas.

Al final los romanos derrotaron a Venutius y se apoderaron del reino de los brigantes.

jueves, 13 de mayo de 2010

Juan III de Portugal



A la muerte de Manuel el Afortunado le sucedió en el trono de Portugal su primogénito, que reinó como Juan III. No se parecía éste en nada a su padre, de quien sólo heredó el empaque majestuoso y el orgullo tradicional de los monarcas portugueses.

El periodo manuelino tal vez pueda ser considerado como el más brillante en la historia de Portugal, una serie ininterrumpida de esplendores y magnificencias en que el lujo y el despilfarro predicados por el soberano se extendieron a todos los estratos sociales, llegando a constituir una de las cortes más ostentosas de Europa. En ella se multiplicaban las fiestas, los torneos, la música y las cacerías. Los señores rivalizaban en esplendidez, y los monarcas de países remotos enviaban a sus embajadores para presentar sus respetos al que consideraban superior a todos ellos. Manuel, por su parte, se presentaba en las ceremonias precedido de sus elefantes, guiados por esclavos africanos, y despachaba embajadas que asombraban al Papa y a la refinada sociedad romana.

Por eso resultó más notable el contraste con la vida cortesana durante el reinado de Juan III, cuyos gastos eran muy distintos. Poco a poco se fueron acabando las fiestas, moderándose el lujo de los trajes, disminuyendo el fasto de la Casa Real y el número de servidores. El nuevo rey, a quien se llamó el Piadoso, era persona muy religiosa, por lo que cambió el bullicio de los saraos y juegos caballerescos por una existencia más recogida y devota.


Imperio portugués en tiempos de Juan III

La corte, siguiendo su ejemplo, renunció a los antiguos placeres, dedicando la actividad a instruirse en teología y deleitándose en los sermones que los predicadores más elocuentes pronunciaban delante de los reyes. Aumentaban las fundaciones religiosas, se seguía con interés y apasionamiento las luchas a que diera lugar el establecimiento de la Inquisición en Portugal.

Los que no habían olvidado la grandeza e importancia del reinado de Manuel buscaban en las Indias o en África campos donde saciar sus ambiciones de gloria y reverdecer los laureles de sus antepasados. Y como damas y caballeros no tenían muchas actividades en las que emplear su tiempo y entretener su imaginación, se dedicaban a los chismes palaciegos.

La figura principal en aquel escenario era la del soberano, nieto de los Reyes Católicos, puesto que su madre fue María de Aragón. No es fácil definir el carácter de Juan. Los propios historiadores portugueses no están de acuerdo. Lo han llamado hasta imbécil, si bien ese juicio fue posteriormente atenuándose y modificándose. Lo cierto es que en el fondo de todas esas críticas late el resentimiento de ver el principio de la decadencia de Portugal.

Juan III

Sin ser una inteligencia superior, ni cultivada, puesto que todos los cronistas coinciden en que no supo aprovechar las lecciones de sus maestros, no parece que careciera de ella hasta el punto que afirman sus detractores. La reina Leonor había estado prometida a Juan, pero cuando se hizo más conveniente romper ese compromiso y casarla con el propio Manuel, para decidirla a hacer el cambio trataron de persuadirla de la incapacidad del infante. Pero Leonor, al encontrarse con Juan en Crato y escuchar con qué acierto razonaba, se volvió hacia el embajador de Castilla y le dijo llena de asombro:

—¿Éste es el bobo?

Leonor de Austria

Al subir al trono en 1521, con 19 años, Juan conservó en sus puestos a todos los oficiales de su padre pese a sentirse justamente agraviado por ellos. Durante su reinado se colonizó Brasil, se introdujeron allí las misiones de los jesuitas y se dividió el territorio brasileño en 13 franjas o capitanías entregadas a nobles portugueses de forma vitalicia y hereditaria. El objetivo era obtener el mayor rendimiento con el menor coste posible para la metrópoli. Juan III reformó además la universidad y la trasladó a Coimbra, y cabe también destacar que suprimió la mutilación y las marcas de hierro de los criminales, actos que consideraba inhumanos.

A veces se lo ha acusado de haber iniciado la política que había de dar como resultado la unión de Portugal a España al casarse el emperador Carlos V con Isabel, hermana de Juan, mientras que éste lo hacía con Catalina, la hermana menor de Carlos. Pero esto no es del todo justo, y tal pensamiento corresponde a su padre, que había soñado con que la suerte y las buenas alianzas acabaran por unir ambos territorios bajo la corona portuguesa. Al final no fue así, y se unieron bajo la española, pero difícilmente puede culparse a Juan de un proyecto que ni siquiera inició él. Es cierto que él lo continuó, con el propósito de establecer bien a sus parientes, ayudarse de las fuerzas de España para sus empresas, tratar de elegir Papa a alguno de sus hermanos, conseguir al infante don Luis alguna corona y procurar en cualquier caso el aumento de su territorio.

Juan III

La mayoría de estas pretensiones, sin embargo, no se vieron realizadas, porque negociaba con un adversario muy superior a él en astucia y poder. Una y otra vez se estrellaron sus sueños contra los deseos del emperador.

miércoles, 12 de mayo de 2010

La infancia de Mahoma


El nombre de Mahoma en caligrafía árabe

Mahoma nació en La Meca, por entonces una floreciente ciudad comercial. En la obra de Ptolomeo, del siglo II, esta ciudad aparece bajo el nombre de Makoraba, que podría derivar de otra palabra con el significado de santuario, templo.

A pesar de que La Meca no está exactamente en el recorrido de la llamada Ruta del Incienso, lo cierto es que se trataba de un emporio comercial muy importante. Los comerciantes de allí dependían de los beduinos para la provisión de sus caravanas, y éstos a su vez obtenían su sustento de la cría de camellos y ganado menor, y también a través de la escolta y protección de caravanas. Los beduinos practicaban el trueque para obtener mercancías tales como objetos metálicos, que sólo podían proporcionarles los comerciantes de las ciudades. Una de sus características era la trashumancia estacional, que suponía grandes migraciones entre el desierto y los pastos.

La Meca

La estructura social tribal no se limitaba sólo a los beduinos, sino que era también la forma de organización entre los sedentarios. En tiempos de Mahoma, La Meca estaba dominada por la tribu de los Qurais, dividida a su vez en varios subgrupos, tales como los Banu Hasim (del que procedía Mahoma). El órgano de gobierno más importante era la Asamblea del Consejo. Los demás grupos políticos no privilegiados no participaban en la dirección. Entre otros, estaban excluidos los esclavos, los expulsados de otras tribus y los extranjeros. Será entre esos grupos que el Corán llama débiles, y entre los que se cuentan los pobres y los mendigos, donde Mahoma encontraría más adelante sus primeros seguidores.

La soberanía de los Qurais sobre La Meca se remontaba a un ancestro de Mahoma que consiguió la supervisión sobre el santuario, por entonces deshabitado, uniendo por primera vez la tribu de los Qurais y asegurando su dominio con la expulsión de otras tribus.

En todo este proceso desempeñó un papel fundamental el santuario de La Meca, la Kaaba. Tal vez fuera este santuario, junto con el no muy lejano Arafat, meta de peregrinaciones, el motivo que indujo a los Qurais a dedicarse al comercio, al principio con los participantes en las peregrinaciones para pasar luego a organizar grandes caravanas para el comercio a larga distancia.




No se conocen con exactitud el año ni el día del nacimiento de Mahoma, aunque se suele identificar con el año del elefante. Modernos estudios sitúan el acontecimiento en torno al 570 ó 571. Cuando nació, su abuelo lo llevó a la Kaaba y dio las gracias a Dios. Después, tal como era habitual en la antigua Arabia, se puso a buscar una nodriza. La elección recayó en una mujer llamada Halima. Esta mujer al principio no quería hacerse cargo del niño, ya que era hijo póstumo, y por tanto su salario no parecía estar asegurado. Una vez lo hubo aceptado, llegó para ella la prosperidad en un año de miseria y sequía.

En el tiempo que Mahoma pasó entre los beduinos, ocurrió un episodio que Ibn Ishaq relata en varias versiones, teniendo por fuente un relato del propio Mahoma:

“Fui amamantado por un ama de cría de la tribu Sa’d ibn Bakr; yo estaba cuidando las ovejas detrás de la tienda con otro muchacho que había sido amamantado junto conmigo, cuando llegaron hasta nosotros dos hombres con vestiduras blancas y con un recipiente de oro que estaba lleno de nieve; me agarraron, partieron mi cuerpo, sacaron mi corazón y extrajeron de él una pepita negra que arrojaron lejos; entonces lavaron mi corazón y mi cuerpo con la nieve hasta que me hubieron purificado totalmente”.

Esto puede concebirse como una ceremonia de iniciación en su ministerio profético. En cualquier caso, se refiere a la idea de que Mahoma estaba libre de pecado o mácula.

La Meca

Amina, la madre de Mahoma, murió cuando él sólo contaba seis años. El huérfano pasó entonces a la tutela de su abuelo, que gozaba de gran reputación entre su tribu. En el pasado había recibido en sueños la orden de excavar el pozo de Zamzam, junto a la Kaaba, cuya agua se consideraba dispensadora de bendiciones, y más tarde desempeñó la función de aprovisionar con comida y bebida a los peregrinos.

Mahoma tenía ocho años cuando perdió también a su abuelo. Entonces lo llevó consigo su tío Abu Talib, que tendría una gran importancia en su vida pese a que no sería seguidor de su mensaje. Era le prototipo de nobleza árabe antigua, permaneciendo leal a su sobrino hasta casi ser él mismo expulsado.

 Bosra, Siria

A los 12 años Mahoma acompañó a Abu Talib en uno de sus viajes comerciales a Siria. Allí, en la ciudad de Bosra, vivía un monje, Bahira, versado en las escrituras cristianas. “Bahira le examinó de arriba abajo, y descubrió en él las señales físicas especiales”, pero para tener la absoluta certeza le rogó que le contestara algunas preguntas.

“Él le respondió: “¡Pregúntame lo que se te antoje!”. Y comenzó a preguntarle por sus sueños, por su naturaleza física y por otras cosas, y todo coincidía plenamente con lo que Bahira sabía por su descripción. Finalmente, miró su espalda, y vio entre los omoplatos el sello de la profecía”. 

Bahira se volvió hacia Abu Talib y le exhortó a que protegiera a su sobrino de la persecución de los judíos y a que emprendiera rápidamente el regreso a su patria. El sentido de la historia está claro: Mahoma es el profeta que anunciaban los libros de los cristianos.



Bibliografía: 
Mahoma – Hartmut Bobzin