miércoles, 1 de febrero de 2012

Los Bonaparte vistos por Metternich


El conde de Metternich llegaba a París en calidad de embajador de Austria el 4 de agosto de 1806. Al día siguiente era cordialmente recibido por Talleyrand, el ministro de Asuntos Exteriores. En Saint-Cloud, Napoleón, a quien él llama el árbitro del mundo, se entrevista con él y le asegura que se esforzará en todo momento por consolidar las buenas relaciones entre los dos imperios. 

“Nunca había visto a Napoleón. Estaba de pie, en medio de uno de los salones, con el ministro de Asuntos Exteriores y otros seis personajes de su corte. Llevaba el uniforme de infantería de la guardia, y tenía puesto el sombrero. Este último detalle (inconveniente desde todos los puntos de vista, puesto que la audiencia no era pública) me sorprendió como una pretensión fuera de lugar en la que se retrataba el advenedizo; incluso me hizo dudar un momento si yo también debía cubrirme. Ensarté, a pesar de todo, una corta arenga cuyo efecto conciso y exacto difería esencialmente de las que eran habituales en la nueva corte de Francia. 

“Su actitud me pareció dar muestras de fastidio e incluso de confusión. Su rostro pequeño y cuadrado, su traje desaliñado y, a pesar de todo, la clara sensación de que buscaba la manera de presentarse como un ser formidable, acabaron debilitando en mí el sentimiento de grandeza que normalmente se atribuía al hombre que hacía temblar al mundo. Esta impresión nunca se ha borrado por completo de mi mente; la he vuelto a sentir durante las entrevistas más importantes que he mantenido con Napoleón en las distintas épocas de su carrera. Es posible que haya contribuido a mostrarme al hombre tal y como era, sin las máscaras con las que sabía cubrirse. En sus ocurrencias, en sus accesos de cólera, en sus bruscas preguntas, me había acostumbrado a ver otras tantas escenas preparadas, estudiadas y calculadas de acuerdo con el efecto que quería producir en el interlocutor…” 

Metternich

—¡Es usted muy joven para representar a la monarquía más antigua de Europa! —le dijo Napoleón. 

—Tengo la misma edad que Vuestra Majestad tenía en Austerlitz —le respondió Metternich. 

Su respuesta dio la vuelta a París, y, como anota el duque de La Force, “daba una impresión exacta de la inteligencia, elegancia y fatuidad del diplomático austriaco”. 

Clemente von Metternich, con sus rasgos delicados y sus cabellos rubios cuidadosamente empolvados, elegantemente enfundado en su uniforme de Caballero de Malta, causa sensación en París. “Unas veces Maquiavelo, otras Don Juan”, era alegre, encantador, y un excelente conversador que igual habla de ciencias que de música o de arte. Fascina a las mujeres, mientras que a los hombres les resulta orgulloso y presuntuoso. Stendhal fue testigo de cómo Su Excelencia el embajador se dirigía a las audiencias de Saint-Cloud llevando en un puño de su manga un mechón de cabellos de Carolina Murat, hermana de Napoleón, “esa cara de Cromwell sobre los hombros de una mujer”, como la llamaba socarronamente Talleyrand. 

Carolina no era muy discreta. Pronto informó al embajador de que Napoleón pensaba divorciarse de Josefina, confidencia que no cayó en oídos sordos. 

Carolina y sus hijos

En otoño de 1806 Metternich se instala con su familia en el hotel del Príncipe de Gales. Ve con frecuencia a la familia del emperador, de la que habla en los siguientes términos: 

“La emperatriz Josefina había ejercido sobre Napoleón un largo imperio; era de carácter afable y de un tacto social muy especial. Su inteligencia no era muy amplia, pero iba bien encaminada. Su gusto excesivo por el derroche provocó con frecuencia penosas explicaciones entre ella y su marido. Sería injusto echarle la culpa por alguno de los ambiciosos desvaríos de Napoleón. Si hubiese podido, habría dominado el carro sobre el que, de todas las maneras, directamente había contribuido a colocar al futuro emperador en los comienzos de su fortuna. 

Josefina

“Su hermana Paulina era tan bella que más es imposible; estaba enamorada de sí misma y su única ocupación era el placer. De afable carácter, dotada de una benevolencia extraordinaria, Napoleón la quería de manera distinta que al resto de sus familiares. La ponía como ejemplo único en su familia: 

“—Paulina jamás me pide nada —me ha dicho con frecuencia. 

“La princesa Borghèse tenía la costumbre de decir: 

“—A mí no me gustan las coronas; si hubiese querido, las hubiera tenido; he prescindido de tal placer en favor de mis familiares. 

“Sentía por Napoleón una veneración cercana al culto. 

Paulina

“Su tío, el cardenal Fesch, era una extraña mezcla de beatitud y ambición. Devoto de buena fe, casi creía que Napoleón era un instrumento del cielo y un ser casi sobrenatural. Creía que su reinado estaba escrito en el libro del destino y consideraba que sus desvaríos eran poco menos que decretos de Dios…” 

Sobre la Corte nos cuenta lo siguiente: 

“El aspecto de la corte de Fontainebleau no deja de ofrecer diversos motivos de curiosidad al observador imparcial. La Corte trata de aproximarse a las antiguas formas unas veces, y otras prescinde de ellas como si fueran incompatibles con los tiempos que corren. El emperador caza unos cuantos malos ciervos traídos de Hannover y del resto de Alemania para repoblar un bosque de veinte leguas porque los reyes también tenían días fijos para cazar. Lo único que le gusta es el ejercicio violento, conveniente a su salud, y no hace más que correr con la lengua fuera por un lado y otro del bosque, sin seguir regularmente la caza. Todo esto desespera al mariscal Berthier, pues le gustaría poner orden en sus competencias de montero mayor. Como el número de caballos y equipos es totalmente insuficiente, no se admite a nadie en esas partidas, excepto a los príncipes extranjeros 

Fontainebleau

“Tres veces por semana hay teatro en la Corte. Los actores de la Comédie Française reciben mil escudos por representación, lo mismo que durante el antiguo régimen. El resto de las tardes se reparte entre las cortes de la reina de Holanda, del rey de Westfalia, de la gran duquesa de Berg y de la princesa de Baden. Los domingos hay tertulia en la residencia de la emperatriz. El Cuerpo Diplomático es recibido por los príncipes de vez en cuando y, pare estas recepciones, escogen los días en que el emperador no está en París; ni yo ni ninguno de mis colegas le hemos visto aún ni de lejos. 

“Los secretarios de Estado de Francia y de Italia y los ministros de Asuntos Exteriores y de Interior se han instalado en Fontainebleau y tienen su casa abierta a todos los extranjeros. Es difícil hacerse una idea de los prodigiosos gastos de la Corte y los ministros; el castillo estaba en ruinas, los muebles se habían vendido; todo ha sido reparado y, aparte de que en cualquier rincón de París y en todas las ciudades importantes de Francia no se ven más que construcciones nuevas, se emplean millones en objetos de puro lujo y de simple fantasía…” 


Sonriente e imperturbable, Metternich lo observa todo, escudriña, escucha y anota. Nada se escapa a su sagacidad, ni los cuchicheos ni los elocuentes silencios. En sus informes y en sus cartas nos ha dejado fragmentos como estos: 

12 de noviembre de 1807: “El gran día pondrá fin a un Estado esencialmente precario, al margen de la naturaleza y de la civilización”. 

14 de septiembre de 1808: “La posición interior y exterior de Napoleón ha sufrido terribles fracasos, como consecuencia de sus cálculos tan temerarios como falsos”. 

Y en 1810: “Napoleón va camino de su perdición; Austria debe esperar y contenerse, prepararse en secreto para el cataclismo al que conduce la política del conquistador”. 



Bibliografía:
Metternich - Henry Vallotton

25 comentarios:

  1. Buenas noches Madame. Cada uno ve lo que quiere ver. Para unos era casi un dios y para otros un hombre normal con poder. Y lios en todos los lados. Metternich que era observador veía más allá. como demuestran esos fragmentos. Aún así Napoleón paso a la historía.
    Bisous

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  2. Así es, madame. Para nosotros es fácil quizás extraer las mismas conclusiones, a toro pasado. Pero él sabía ver el final de las historias antes de que se produjera. Un tipo fascinante. Y me refiero a Metternich, claro.

    Buenas noches

    Bisous

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  3. No parece que Metternich sintiera por Napoleón la general admiración de la que gozaba el corso por entonces. Desde luego la respuesta dada a su excesiva juventud, estuvo a la altura, como parece se le reconoció.
    Beso su mano.

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  4. Y eso que en realidad Metternich era un poco más joven aún. Pero era tremendamente sagaz, sí. Nada se le escapaba.

    Buenas noches, monsieur

    Bisous

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  5. Para mí quisiera yo la visión y sagacidad de Metternich...
    Supo ver la historia antes de que sucedieran los acontecimientos.
    Napoleón, Napoleón... mucho hiciste sufrir.
    Bises

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  6. Sí, madame, los austriacos supieron enviar al hombre adecuado. Mucho fue lo que Metternich hizo y deshizo, sin que nadie se diera cuenta.

    Buenas noches

    Bisous

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  7. Dos personajes fascinantes, dos protagonistas de la historia. Cada uno tuvo su momento de gloria. Napoleón primero, cuando fue el amo de Europa, el austriaco después cuando el Congreso de Viena liquidó la era napoleónica y resucitó el absolutismo monárquico, aunque por muy poco tiempo.
    Un saludo.

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  8. Nadar y guardar la ropa, no era mala política la de Metternich. Me han gustado las descripciones de las hermanas... eran unas grandes desconocidas para mi.

    Saludos,

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  9. me imagino que Metternich, como representante de una de las coronas más reaccionarias de Europa, no hubiera visto con simpatía a Napoleón aunque hubiera sido el mismísimo Apolo. los condicionamientos ideológicos del personaje, creo que le pueden. que sería muy sagaz, vamos, pero que le podía la animadversión previa, supongo.
    y vamos, a mi Metternich tampoco me cae bien. ya está.

    vaya mañana de frío, madame. nieva y todo.

    bisous!!

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  10. MONSIEUR CAYETANO, Metternich también hizo y deshizo bastante, en efecto. No tenía descanso tramando y tramando.No fue precisamente poco importante para la historia de la época.

    MONSIEUR JOSE LUIS, y pensar que Metternich se hacía el tonto tan bien que muchos pensaban que lo era!

    MONSIEUR KARPOV, evidentemente no podía ver a Napoleón con buenos ojos, no. Eso es lo que queda clarísimo en el párrafo del 12 de noviembre de 1807, por ejemplo. Pero al margen de su opinión sobre Napoleón, tenía una enorme facilidad para analizar cada información recibida. Hay páginas que causan asombro, aunque claro, los análisis largos no caben aquí.
    Monsieur, Metternich es un personaje sumamente ameno de estudiar. Tenía tiempo a divertirse y todo.

    Feliz día a todos

    Bisous

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  11. Un gran hombre de su tiempo Metternich que alcanzaría las más altas cuotas de poder en Austria y sería el más firme defensor del absolutismo, quizás algo que aprendió en la corte de Napoleón, al fin y al cabo un emperador absolutista y hasta tiránico.

    Un beso madame.

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  12. Creo, monsieur, que esa lección ya la llevaba bien aprendida Metternich, pero todo cuanto encontró en la corte le vino bien y supo sacarle provecho. A mí me parece una de las personalidades más fascinantes de su época, junto con Talleyrand.

    Feliz tarde

    Bisous

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  13. Muy agudo e inteligente Metternich, supo muy bien ver más allá de las apariencias y adivinar el final de Napoleón.

    Buena tarde madame, bisous.

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  14. Sí, era un tipo listo. No solo tuvo previsión, sino que supo aprovecharlo todo.

    Feliz tarde, monsieur

    Bisous

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  15. Desde luego no sería la primera vez que se escuchara hablar de Napoleón en semejantes términos y no sería Metternich el primero en permanecer estupefacto ante la idea de que un hombre tan bajito y en apariencia rudo y tosco, resultara poco menos que el amo del mundo. Recordemos cuántos posteriores tiranos de magna importancia no dejaban de ser físicamente meros hombrecillos.

    Parece ser que el caballero autríaco de tonto no tenía un pelo y que además de la peluca empolvada lucía una mente muy bien amueblada y una ambición importante.

    Encantadora la descripción de Paulina y de Josefina, ¿sabe usted que siempre admiré el estilo de esta mujer?

    Bisous.

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  16. Parece ser que Napoleón no era santo de su devoción, se le notaba en sus comentarios. Bueno no se puede agradar a todos y menos desde esos lugares.
    Un beso.

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  17. Napoleón fue el hombre más grande del siglo XIX. El advenedizo era Metternich pues Napoleón ya estaba en el mundo moderno cuando aquél no se había enterado de lo que iba el juego.

    Saludos señora.

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  18. Un tipo fino, sin duda, Matternich, Madame y parece que su oportunismo estuvo a la altura de su perspicacia. Me alegro mucho de saludarla de nuevo.Bisous

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  19. El tiempo distorsiona a los personajes históricos - y también a los anónimos- ahora, doscientos años más tarde y sabiendo lo que sabemos, podemos juzgar a Metternich y Napoleón como lo que fueron: precursores de un Europa a la que le esperaba un siglo muy amargo. De su crónica, mis simpatías son para Metternich, sagaz y templado. Napoleón y su compulsiva política de anexiones sembraron Europa de sangre, así que a pesar de algunas de su reformas, no es santo de mi devoción.

    Bisous y buenas tardes.

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  20. MADAME AKASHA, lo peor que tenía Napoleón para Metternich no era ser bajito y rudo, sino sus orígenes. Napoleón era un intruso, un advenedizo.
    Imaginaba que le agradaría a usted Josefina. Al fin y al cabo es una dama de su época, y una con mucho encanto además :)

    MONSIEUR IGLESIAS, no era santo de su devoción, no. Estaba esperando como agua de mayo verle dar un paso en falso en provecho de Austria.

    MONSIEUR RETABLO, la cuestión es que Metternich no ocupaba un puesto demasiado excesivo, sino que era un simple embajador, y no un emperador. O tal vez en cierto modo sí lo fuera, a pesar de todo. Sabía ganar batallas fuera del campo, lo que no es fácil.

    MADAME ALMA, me es muy grato verla por aquí de nuevo. Anda usted medio desaparecida de la blogosfera! Espero que sea por motivos agradables.

    MADAME AMALTEA, Napoleón tampoco me convence a mí. Hizo demasiado ruido y causó mucho daño, aunque no pueden dejar de reconocerse sus méritos. Metternich es un personaje que me fascina bastante. Tiene calado. Un hombre bastante completo, se esté o no de acuerdo con sus ideas.

    Feliz tarde a todos

    Bisous

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  21. Hola Madame

    Una persona realmente interesante, Metternich, sagaz, buen observador, tenía un buen ojo para sacar conclusiones certeras. Sus comentarios son muy perspicaces.

    Es una buena manera de ver a Napoleón. Desde otro punto de vista.

    Feliz noche, Madame.

    Bisous.

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  22. Hola Madame:

    Interesantes observaciones que hacía el embajador del emperador.

    Posiblemente por eso era embajador.

    Un relato muy agradable madame

    Besos

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  23. Napoleón hizo el transito que va desde defensor del pueblo y la revolución (sangrienta), a tirano despótico e imperialista.

    La admiración que causó entre los románticos, al principio, devino en repulsa y terror. Por ejemplo, Beethoven, que inicialmente le dedicó su Tercerra Sinfonía, acabó borrando su nombre del manuscrito, con tal violencia que lo desgarró. No en vano, Napoleón invadió Viena en 1805.

    Besos fugitivos.

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  24. MADAME MARÍA EUGENIA, así es, otro punto de vista. Me gusta conocer las impresiones de aquellos que conocieron a los personajes.


    MONSIEUR MANUEL, un embajador muy bien nombrado y un gran acierto para Austria, desde luego.Muchas gracias, monsieur.

    MONSIEUR FUGITIVO, supongo que Napoleón defraudó a unos cuantos y enojó a otros cuantos más. Y es que arriesgó demasiado. Era una de esas personas que no saben cuándo parar.

    Buenas noches a todos

    Bisous

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  25. Muy agudo e inteligente este personaje. es muy interesante leer sus apreciaciones.

    Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)